El retrato milagroso de la Virgen de Guadalupe, en Ciudad de México, asombra al mundo tecnológico científico, a casi medio milenio de esta aparición al indio nahua Juan Diego Cuauhtlatoatzin.
Desde 1531 se conserva en santuarios religiosos mexicanos una “tilma”, manto con que se cubrían los nativos nahuas, en que aparece la figura de la Virgen de Guadalupe, como apareciera milagrosamente.
Al principio se pensó que se trataba de una pintura pero se tuvo que llegar al siglo XX, con sus descubrimientos en química, física, medicina y computación, para poder “ver” lo que durante tantos siglos sólo vieron los creyentes en la Virgen de Guadalupe, primera patrona celestial del Nuevo Continente: ¡ una fotografía de hace casi medio milenio ! Este fue el primer milagro de América.

Con esta aparición y este milagro Dios avala el sincretismo cultural, siempre que se supedite al Dogma de la Iglesia Católica.

Por estos avances científicos los no creyentes en la Virgen y en la historia de su aparición, tienen oportunidad de reveer su escepticismo: la tilma o capa indígena, tejida en maguey, que no estuvo sujeta a cuidados de conservación especial de ninguna especie durante siglos, expuesta a las vicisitudes climáticas, muestra una imagen que no ha sido pintada, sino que es una transferencia en el tejido de maguey y que no ha sufrido variaciones con el correr de los siglos, a pesar del maltrato sufrido ( primero estuvo expuesta, sin protección, a los elementos y luego sufrió un atentado). Mediante el análisis de fotografías, exposiciones a luz infrarroja y ultravioleta y últimamente mediante análisis computacionales, se ha podido distinguir en los ojos de la Virgen que se reflejan figuras humanas, conforme con la ley de óptica conocida como ‘ Triple Imagen de Purkinje-Samson “. El reflejo de figuras humanas en los ojos de la Virgen se vio por primera vez en una fotografía tomada en 1929.
Ahora, la computación descubre que las figuras humanas forman un grupo expectante que parece observar a la Virgen, la que en sus ojos conserva lo visto por ella en esos momentos.
¿Cómo pudo registrarse todo esto en la primera mitad del siglo XVI ?

¿ Tiene esta aparición base histórica ? ¡ Sí, completamente documentada !

La aparición en el Tepeyac el año de 1531 es un hecho histórico por documentación fehacientemente comprobada.
El más antiguo que en su original se conoce es el lacónico pero amoroso y devoto apuntamiento hecho en unos “Anales” mexicanos, que traducido al castellano, dice así: “En este año (1531) vino nuevo Presidente ( de la Real Audiencia ) a gobernar en México, y también en este año, siendo Obispo Juan de Zumárraga, padre franciscano, se apareció la nuestra muy amada Madre de Guadalupe”.
El texto original en mexicano (mexica) se inicia: “Nican ipan xihuitl huala Presidente yancuican…”.
Estos anales indios en general son muy apreciados, no solamente como antigüedades sino como bases históricas. En los “Anales” se fundaron las historias de Sahagún, Clavijero y aún la de Orozco y Berra.
Estos anales están escritos con la ingenuidad y sencillez de. un niño. Al lado del año correspondiente, el escritor incluía los sucesos acaecidos que a él le parecían más importantes.
A pesar de que se han perdido ocho páginas de estos Anales, es posible confirmar que comienzan mucho antes de la Conquista y terminan el año 1621. No pertenecen a un solo autor, como se ha podido establecer por la letra de los copistas.
Otro testimonio de la época es el testamento de la india Juana Martín: las palabras que de él interesan, traducidas del mexicano, son las siguientes:
“Hoy sábado 11 de marzo de 1559 años en que seña­lo y hablo en esta mi casa… me llamo Juana Martín y así como yo he salido de aquí en este pueblo de Cuautitlán, aquí se crió el mancebo Juan Diego, el cual después se fue a casarse allá en Santa Cruz Tlacpac, junto a San Pedro, se casó con una doncella que se lla­maba María y presto murió la doncella y quedó solo Juan Diego: después de pasado algún tiempo, por me­dio de él se hizo el milagro allá en el Tepeyac en donde apareció la amable Señora (Cihuapilli) Santa María, cu­ya imagen vimos en Guadalupe, que es verdaderamente nuestra y de nuestro pueblo de Cuautitlán. Y ahora con todo mi corazón, mi alma y mi voluntad, le doy a su Majestad lo que tengo propio nuestro. Todo se lo doy a la Virgen del Tepeyac (in ichpostly Tepeyac)…”.
¿Puede haber mejor testimonio de la época sobre la Aparición de la Virgen en el Tepeyac?
Y finalmente, respecto de la relación escrita por Valenano, existe el testimonio del sabio y erudito jesuita, don Carlos de Sigüenza y Góngora, nacido en Ciudad de México en agosto de 1645, quien en su libro *’Piedad Heroica de Don Fernando de Cortés”, Cap. X, N° 114, escribió las siguientes palabras:

“Digo y juro que esta Relación hallé entre los papeles de Don Fernando de Alva (que tengo todos)… y qu£ es la misma que afirma el Licenciado Luis de Becerra en su libro (página 30 de la impresión de Sevilla) haber visto en su poder. EL ORIGINAL MEXICANO ESTA DE LETRA DE DON ANTONIO VALERIANO, INDIO, QUE ES SU VERDADERO AUTOR y al fin añadidos algunos milagros de letra de Don Fernando también en mexicano”.

Cabría, pues, concluir que el conocimiento popular que se tiene de las apariciones en el Tepeyac está bien fundado en documentos serios y contemporáneos del suceso.

El indio Juan Diego

Juan Diego Cuauhtlatoatzin ( Cuautitlán, 5 de mayo de 1474 – Ciudad de México, 30 de mayo de 1548 ), fue un indígena chichimeca que presenció la aparición de la Virgen de Guadalupe en 1531. En su lengua materna (el idioma náhuatl), «cuauhtlatoac» significa ‘águila que habla’. Fue beatificado en 1990 y canonizado en 2002, en ambos casos por el papa Juan Pablo II.

La primera mención al indio Juan Diego se encuentra en el « Nican mopohua », un texto incluido en el libro Huei tlamahuiçoltica, publicado por primera vez en 1649 por Luis Lasso de la Vega, capellán encargado del templo dedicado a la Virgen de Guadalupe en Tepeyac, a unos diez kilómetros de la ciudad de México. Él lo atribuyó a Antonio Valeriano de Azcapotzalco, un indígena letrado por conventos jesuitas, quien habría escrito el primer manuscrito en 1556.

San Juan Diego

Pintura de san Juan Diego en la Basílica de Guadalupe (México)

La Aparición en el Tepeyac

Fue en 1531, al pie del cerro conocido como Tepeyac ubicado al norte, a escasa distancia de la recién fundada Ciudad de México. Los españoles habían llegado a México en 1519, y ya se había comenzado la labor evangelizadora. El protagonista fue un indio nahua, bautizado con el nombre de Juan Diego. La narración de los hechos está consignada en varias versiones. La más conocida es la llamada “Nican Mopohua” (Aquí se cuenta), versión escrita en nahua ( náhuatl, en mexica, la lengua de los habitantes del valle de México ), por don Antonio Valeriano, indio natural de Atzcapotzalco, hijo de nobles caciques emparentados con el Emperador Moctezuma. Fue de los alumnos fundadores del Colegio de Tlatelolco. Aún cuando la apertura oficial de dicho Colegio fue en enero de 1536, desde mediados del año 1533, se enseñaba por parte de un franciscano gramática latina romanzada en lengua me-xica a un grupo de más de cincuenta niños, entre los que se contaba Antonio Valeriano. Se supone que el relato sobre las apariciones de la Virgen en el Tepeyac las escri­bió entre 1545 y 1550.
Un extracto de tal relación damos a continuación: “Al amanecer el sábado 9 de diciembre de 1531, un indio de Cuahutitlán llamado Juan Diego, pasando jun­to al cerro del Tepeyac oyó como si viniesen de la cumbre melodiosos cantos de pajarillos. Observó y vio delante de sí a una muy hermosa doncella que resplan­decía con luz suavísima y hacía resplandecer cuanto le rodeaba”.
La doncella se dirigió a Juan Diego con estas pa­labras: “Sabe y ten entendido, tú el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive; del Creador cabe (junto) quien está todo; Señor del cielo y de la tierra. Deseo vivamente que se me erija aquí un templo, para en él mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa, pues yo soy vuestra piadosa Madre, a ti, a to­dos vosotros juntos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; oír allí sus lamentos, y remediar todas sus miserias, pe­nas y dolores. Y para realizar lo que mi clemencia pre­tende, ve al palacio del Obispo de México y le dirás có­mo yo te envío a manifestarle lo que mucho deseo, que aquí en el llano me edifique un templo; le contarás pun­tualmente cuanto has visto y admirado, y lo que has oído. Ten por seguro que lo agradeceré bien y lo pagaré, porque te haré feliz y merecerás mucho que yo recom­pense el trabajo y fatiga con que vas a procurar lo que te encomiendo. Mira que ya has oído mi mandato, hijo mío, el más pequeño. Anda y pon todo tu esfuerzo”. Inclinándose ante la doncella, Juan Diego respondió: “Señora mía, ya voy a cumplir tu mandato. Por aho­ra me despido de ti, yo tu humilde siervo”.

El indio fue recibido benignamente por el Obispo (Electo) de México, el franciscano fray Juan de Zu-márraga, pero lo despachó de prisa, diciéndole que en otra oportunidad hablarían más detalladamente de este asunto.
Tal respuesta llevó el indio a María Santísima, quien en una segunda aparición, lo esperaba al pie del cerro de Tepeyac. Juan Diego suplicó a la doncella que enviase en su lugar persona de más valor y crédito para tal em­bajada. A lo que ella respondió que, aunque embajado­res tendría de sobra, de él y de sus fatigas quería valerse para ejecutar su designio.
Por mandato de la Virgen, se presentó Juan Diego nuevamente al Obispo Electo de México (Nueva Espa­ña, en aquel tiempo), el domingo 10 de diciembre de ese año de 1531.
Fray Juan de Zumárraga lo escuchó y le hizo muchas preguntas relativas al hecho y terminó exigiéndole algu­na prueba de la voluntad de la Madre de Dios.
Entretanto, envió criados de su confianza para que le siguiesen la pista y lo observasen. Sin embargo, lo perdieron de vista al llegar junto al puente del río cercano al Tepeyac.
El lunes 11, Juan Diego tuvo que quedarse cuidando a un tío suyo, indio bautizado con el nombre de Bernardino, quien se encontraba gravemente enfermo.
El martes 12, por la mañana, fuese a buscar para el enfermo los auxilios espirituales y, para no entretenerse hablando con la Virgen, tomó otro camino por el lado opuesto del mismo cerro del Tepeyac. Más ella le salió al encuentro certificándole que su tío había recobrado mi­lagrosamente la salud”.

El Milagro de las Rosas

Siguiendo con este extracto del escrito de don Antonio Valeriano llegamos al momento en que se propor­ciona a Juan Diego la prueba solicitada por el Obispo de México.
“Mandóle ( la Virgen ) que subiese a la cumbre del cerro a cortar unas rosas que admiraron al indio por su fragancia. Recogiólas éste en su “tilma de ayatl” ( Capa de ayate ), ( lienzo fabricado con fibras de maguey) y las llevó a María, quien tomándolas en sus manos, las vol­vió a depositar en el “ayatl” y le mandó que, con mucho cuidado y sin mostrarlas a nadie por el camino, las presentase a Zumárraga como señal de su referida voluntad”.

El Gran Milagro

Con su preciosa carga de rosas de Castilla, protegidas por el “ayatl”, llegó Juan Diego a la residencia del Obispo, y he aquí la relación con que continúa Vale­riano:
“Largo rato estuvo esperando. Ya que vieron que ha­cía mucho que estaba allí, de pie, cabizbajo, sin hacer nada, por si acaso era llamado; y que al parecer traía al­go que portaba en su regazo, se acercaron a él, para ver lo que traía y satisfacerse.
Viendo Juan Diego que no les podía ocultar lo que traía, y que por eso le habían de molestar, empujar o aporrear, descubrió un poco, que eran flores; y al ver que todas eran diferentes rosas de Castilla, y que no era ese el tiempo en que se daban, se asombraron muchísi­mo de ello, lo mismo que estuvieran muy frescas, y tan abiertas, tan fragantes, tan preciosas.
Quisieron coger y sacarle algunas, pero no tuvieron suerte las tres veces que se atrevieron a tomarlas; no tu­vieron suerte, porque cuando iban a recogerlas, ya no veían verdaderas flores, sino que les parecían pintadas o labradas o cosidas en la manta.
Fueron luego a decir al señor Obispo lo que habían visto y que pretendía verle el indito que tantas veces ha­bía venido; el cual hacía mucho que por eso aguardaba, queriendo verle.
Cayó, al oírlo, el señor Obispo en la cuenta de que aquello era la prueba, para que se certificará y cumpliera lo que solicitaba el indiecito.
Enseguida mandó que entrara a verle.
Luego que entró, se humilló delante de él, así como antes lo hiciera, y contó de nuevo todo lo que había vis­to y admirado, y también su mensaje.
Dijo: “Señor, hice lo que me ordenaste, que fuera a decir a mi Ama, la Señora del cielo, Santa María, pre­ciosa Madre de Dios, que pedías una señal para poder creerme que le has de hacer el templo donde ella te pide que lo erijas; y además le dije que yo te había dado mi palabra de traerte alguna señal y prueba, que me encar­gaste, de su voluntad.
“Condescendió a tu recado y acogió benignamente lo que pides, alguna señal y prueba para que se cumpla su voluntad.
“Hoy muy temprano me mandó que otra vez viniera a verte; le pedí la señal para que me creyeras, según me había dicho que me la daría; y al punto lo cumplió: me despachó a la cumbre del cerrillo, donde antes yo la viera, a que fuese a cortar varias rosas de Castilla.
“Después que fui a cortarlas, las traje abajo; las co­gió con su mano y de nuevo las echó en mi regazo, para que te las trajera y a ti en persona te las diera.
“Aunque yo sabía bien que la cumbre del cerrillo no es lugar en que se den flores, porque sólo hay muchos riscos, abrojos, espinas, nopales (tunales o higo de la In­dia), no por eso dudé,
“Cuando fui llegando a la cumbre del cerrillo, miré que estaba en el paraíso, donde había juntas todas las varias y exquisitas rosas de Castilla, brillantes de rocío, que luego fui a cortar.
“Ella me dijo por qué te las había de entregar; y así lo hago, para que en ellas veas la señal que me pides y cumplas su voluntad; y también para que aparezca la verdad de mi palabra y de mi mensaje.
“Helas aquí: recíbelas”.

Desenvolvió luego su blanca manta, pues tenia en su regazo las flores.
Y así que se esparcieron por el suelo todas las diferentes rosas de Castilla (en la manta de ayatl o ayate) se di­bujó en ella y apareció de repente la preciosa imagen de la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, de la manera que está y se guarda hoy en su templo del Tepeyac, que se nombra de Guadalupe.
Luego que la vio el señor Obispo, él y todos los que allí estaban, se arrodillaron: mucho la admiraron; se le­vantaron a verla; se entristecieron y acongojaron, mostrando que la contemplaron con el corazón y el pen­samiento.
El señor Obispo con lágrimas de tristeza oró y le pi­dió perdón de no haber puesto en obra su voluntad y su mandato.
Cuando se puso en pie, desató del cuello de Juan Diego, del que estaba atada, la manta (la “tilma de ayatl”) en que se dibujó y apareció la Señora del cielo. Luego la llevó y fue a ponerla en su oratorio”.

La Imagen de la Tilma

“La manta en que milagrosamente se apareció la imagen de la Señora del cielo, era el abrigo de Juan Diego: ayate un poco tieso y bien tejido. Porque en este tiempo era de ayate la ropa y abrigo de todos los pobres indios; sólo los nobles, los principales y los valientes guerreros, se vestían y ataviaban con manta blanca de algodón.
( Según Jacques Soustelle “el hombre llevaba un taparrabo (maxlatl), cuyas extremidades, con frecuencia bordadas, caían por delante y por detrás hasta la altura de las rodillas, y se cubría con un manto o capote (tilmatli), pieza de tejido rectangular anudada sobre el hombro, bajo el cual introducía algunas veces una espe­cie de camisa o de túnica”. “Vestidos y Ornamentos”, “Los Aztecas” )

Juan Diego y el obispo Zumárraga

El indio Juan Diego con el Obispo Juan de Zumárrga. Grabado antiguo.

El relato de Valeriano sigue así:

El ayate, ya se sabe, se hace de “ichtli”, que sale del maguey. Este precioso ayate en que se apareció la siempre Virgen nuestra Reina es de dos piezas, pegadas y cosidas con hilo blando.
Es tan alta la bendita imagen, que empezando en la planta del pie, hasta llegar a la coronilla, tiene seis jemes (longitud existente entre los dedos Índice y pulgar, ex­tendidos al máximo) y uno de mujer. Su hermoso rostro es muy grave y noble, un poco moreno. Su precioso bus­to aparece humilde: están sus manos sobre el pecho, ha­cia donde empieza la cintura. Es morado su cinto. Sola­mente su pie derecho descubre un poco la punta de su calzado color ceniza. Su ropaje, en cuanto se ve por fuera, es de color rosado, que en las sombras parece ber­mejo; y está bordado con diferentes flores, todas en bo­tón y de bordes dorados.
Prendido de su cuello está un anillo dorado, con ra­yas negras al derredor de las orillas, y en medio una cruz.
Además, de dentro asoma otro vestido blanco y blan­do, que ajusta bien a las muñecas y tiene deshilado el  extremo.
Su velo, por fuera, es celeste; sienta bien en su cabe­za; para nada cubre su rostro; y cae hasta sus pies, ciñéndose un poco por en medio; tiene toda su franja do­rada, que es algo ancha, y estrellas de oro por donde­quiera, las cuales son cuarenta y seis.
Su cabeza se inclina hacia la derecha; y encima, sobre su velo, está una corona de oro, de figuras ahusadas ha­cia arriba y anchas hacia abajo.
A sus pies está la luna, y cuyos cuernos ven hacia arriba. Se yergue exactamente en medio de ellos y de igual manera aparece en medio del sol, cuyos rayos la si­guen y rodean por todas partes. Son cien los resplando­res de oro, unos muy largos, otros pequeñitos y con fi­guras de llamas (de fuego): doce circundan su rostro y cabeza; y son por todos cincuenta los que salen de cada lado. Al par de ellos, al final, una nube blanca rodea los bordes de su vestidura. Esta preciosa imagen, con todo lo demás, va corriendo sobre un ángel, que mediana­mente acaba en la cintura, en cuanto descubre; y nada de él aparece hacia sus pies, como que está metido en la nube.
Acabándose los extremos del ropaje y del velo de la Señora del cielo, que caen muy bien en sus pies, por am­bos lados los coge en sus manos el ángel, cuya ropa es de color bermejo, a la que se adhiere un cuello dorado, y cuyas alas desplegadas son de plumas ricas, largas y ver­des, y de otras diferentes.
La van llevando las manos del ángel, que, al parecer, está muy contento de conducir así a la Reina del cielo”.

La Primera Cura Milagrosa

Seguimos la relación de Valeriano, narrando lo que aconteció el 13 de diciembre de 1531:
“…(El Obispo le dijo…) ¡Ea!, a mostrar dónde es voluntad de la Señora del cielo que le erijan su templo”.
” Inmediatamente se convidó a todos para hacerlo.
“No bien Juan Diego señaló dónde había mandado la Señora del cielo que se levantara su templo, pidió li­cencia de irse. Quería ir a su casa a ver a su tío Juan Bernardino, el cual estaba muy grave, cuando le dejó y vino a Tlatelolco a llamar a un sacerdote, que fuera a confe­sarle y disponerle, y le dijo la Señora del cielo que ya ha­bía sanado.
“Pero no le dejaron ir solo, sino que le acompañaron a su casa. Al llegar, vieron a su tío que estaba muy con­tento y que nada le dolía.
“Se asombró mucho de que llegara acompañado y muy honrado su sobrino, a quien preguntó la causa de que así lo hicieran y que le honraran mucho.
“Le respondió su sobrino que, cuando partió a lla­mar al sacerdote que le confesara y dispusiera, se le apa­reció en el Tepeyac la Señora del cielo; la que, diciéndole que no se afligiera, que ya su tío estaba bueno, con que mucho se consoló, le despachó a México, a ver al se­ñor Obispo, para que le edificara una casa en el Tepeyac.
“Manifestó su tío ser cierto que entonces le sanó y que la vio del mismo modo en que se aparecía a su sobri­no; sabiendo por ella que le había enviado a México a ver al Obispo.
“También entonces le dijo la Señora que, cuando él fuera a ver al Obispo, le revelara lo que vio y de qué ma­nera milagrosa le había ella sanado; y que bien la nombraría, así como bien había de nombrarse su bendi­ta imagen, la siempre Virgen Santa María de Guadalupe.
“Trajeron luego a Juan Bernardino a presencia del señor Obispo; a que viniera a informarle y atestiguar de­lante de él”.
Hasta aquí el extracto de la relación de Valeriano. En esencia, y en sus rasgos principales, es la misma que pos­teriormente en el siglo diecisiete publicaron los respetables sacerdotes Sánchez, 1648; Lasso de la Vega, 1649 y Becerra Tanco, 1675.

Esta es la historia que todos los mexicanos conocen desde niños sobre la Virgen de Guadalupe, la Señora de Tepeyac.

La Ermita del Tepeyac

El 26 de diciembre de 1531, la tilma de ayate del indio Juan Diego, con la imagen de la Virgen impresa en ella, fue trasladada a una humilde capilla que habían levan­tado los indios en el Tepeyac, donde permaneció ex­puesta a la veneración hasta 1622, fecha en que se dio comienzo a la construcción de una Basílica.
Después de múltiples traslados, incluso estuvo en la Catedral de Ciudad de México, la imagen sagrada de los mexicanos fue instalada en el altar mayor de la Basílica de Guadalupe el 11 de octubre de 1976.
Sin embargo, fue en la iglesia que reemplazó a la Er­mita, donde continuó manifestándose la religiosidad de los indios y la ocurrencia de milagros. De ello da fe la Relación escrita por el inglés Miles Philips, de 1582:
“A otro día de mañana caminamos para México, hasta ponernos a dos leguas de la ciudad, en un lugar donde los españoles han edificado una magnifica Iglesia dedicada a la Virgen (…). Siempre que los españoles pa­san por junto a esa Iglesia aunque sea a caballo, se ape­nan, entran en la Iglesia, se arrodillan ante la imagen, y ruegan a Nuestra Señora que los libre de todo mal; de manera que, vayan a pie o a caballo, no pasarán de lar­go sin entrar a la Iglesia a orar, como queda dicho, por­que creen que si no lo hicieren así, en nada tendrían ven­tura. E esa imagen llaman en español Nuestra Señora de Guadalupe. Hay aquí unos baños fríos que brotan a borbollones como si hirviera el agua, la cual es algo sa­lobre al gusto, pero muy buena para lavarse los que tienen heridas o llagas, porque según dicen, ha sanado a muchos. Todos los años, el día de la fiesta de Nuestra Señora, acostumbra la gente venir a ofrecer y rezar en la Iglesia ante la imagen, y dice que Nuestra Señora de Guadalupe hace muchos milagros. Alrededor de esta Iglesia no hay población de españoles, pero algunos in­dios viven en sus chozas campestres”.
Este testimonio de un objetivo inglés del siglo XVI, da cuenta del culto que se tributaba a la Virgen de Guadalupe, tanto por los españoles como por los nati­vos mexicanos.

Los Indios, Criaturas de Dios

Fueron los indios de México, los de la llamada Nueva España por los Conquistadores, los que llevaron a su Santidad Paulo III, a dictar la Bula “Sublimis Deus”, el 2 de junio de 1537. En ella se reconoce a los indios su ca­lidad de “criaturas de Dios”.
Por la tremenda importancia que dicha Bula tuvo en la formación de la nueva raza que se acrisoló en América y por el despertar religioso en los nativos, fervientes devotos de la Virgen de Guadalupe, damos un breve extracto ( textual ) de ella:
“…es necesario confesar que el hombre es de tal condición y naturaleza que puede recibir la misma fe de Cristo, y que quienquiera que tenga la naturaleza humana es hábil para recibir la misma fe. …sábese que dijo al destinar predicadores de la fe al oficio de la predicación: Euntes, docete omnes gentes. A todas, dijo, sin ninguna excepción, como quiera que todos son capaces de la doctrina cristiana de la fe. Lo cual, viendo y envidiando el émulo del mismo género humano que se opone a to­dos los buenos a fin de que perezcan, escogió un modo hasta hoy nunca oido para impedir que la palabra de Dios se predicase a las gentes para que se salvasen y exci­tó a algunos de sus satélites, que deseosos de saciar su codicia, se atreven a andar diciendo que los indios occi­dentales y meridionales y de otras naciones de que he­mos tenido noticias, deben reducirse a nuestro servicio como brutos animales, poniendo por pretexto que son incapaces de la fe católica y los reducen a esclavitud apretándolos con tantas aflicciones cuantas apenas usa­rían con los brutos animales de que se sirven.
Por lo tanto, Nos que, aunque indignos, tenemos en la tierra las veces del mismo señor nuestro Jesucristo, y que con todas nuestras fuerzas procuraremos reducir a su aprisco las ovejas de su grey de él que nos han sido encomendadas y que están fuera de su aprisco, teniendo en cuenta que aquellos indios, como verdaderos hombres que son, no solamente son capaces de la fe cris­tiana, sino que (como nos es conocido) se acercaron a ella con muchísimo deseo y queriendo proveer los con­venientes remedios a estas cosas, con autoridad Apostó­lica, por las presentes letras determinamos y declara­mos, sin que contradigan cosas precedentes ni las demás cosas, que los indios y todas las otras naciones que en lo futuro vendrán a conocimiento de los cristianos, aun cuando estén fuera de la fe, no están sin embargo priva­dos ni hábiles para ser privados de su libertad ni del do­minio de sus cosas, más aún, pueden libre y lícitamente estar en posesión y gozar de tal dominio y libertad y no se les debe reducir a esclavitud, y lo que de otro modo haya acontecido hacerse, sea írrito, nulo y de ninguna fuerza ni momento, y que los dichos indios y otras naciones sean invitados a la dicha fe de Cristo por medio de la predicación de la palabra de Dios y del ejemplo de la buena vida; y que a las copias de las presentes letras firmadas de la mano de algún notario público y corro­boradas con el sello de alguna persona constituida en dignidad eclesiástica, se ha de prestar la misma fe. Des­pachado en Roma, en San Pedro, el año de la Encarna­ción del Señor de mil quinientos treinta y siete, a los 2 de junio, de nuestro pontificado el año tercero”. ( Archivo General de Indias ).
No deja de ser curioso que esta Bula Pontificia, verdadera precursora de la Declaración de los Derechos del Hombre, se dictara sólo seis años después de que la Virgen del Teyepac escogiera a un indio mexicano como su enviado ante el Obispo de la capital de Nueva España…
Es así como se gestó una religiosidad y cariño sin lí­mites del pueblo mexicano a su Virgen de Guadalupe. Culto que se ha mantenido inconmovible a través de los siglos. Que ha resistido catástrofes telúricas, ataques vi­rulentos, atentados dinamiteros, dictaduras políticas, herejías, persecusiones a la Iglesia, y al tiempo. Ese in-misericorde pasar de los años que, sin embargo, ha mantenido incorruptible la tilma de ayate del pobrecillo indio Juan Diego.
A la Virgen se le construyó una Basílica y a Juan Diego una estatua. Esa Virgen, que se mostró con un rostro moreno, tal vez para simbolizar ese pacto que se hacía entre la Europa conquistadora y la raza autócto­na, que no sería destruida en su calidad humana, sino que daría nacimiento a la nueva raza americana, esa misma Virgen mantenida vigente permanentemente, te­nía en su dulce imagen un milagro pendiente, un mi­lagro que sólo lo podría entender el hombre del siglo XX.
Sobre este “Milagro Pendiente”, tratarán las próxi­mas páginas. Un milagro tan increíble y portentoso que sólo cabe dar de él una versión fría y objetiva. Los hechos y los descubrimientos a que hasta ahora se ha liegado, obligan a una serena reflexión y a no adelantar ningún tipo de juicio.
La historia oculta del primer descubrimiento del siglo XX comenzó en 1929, cuando el fotógrafo de la Basíli­ca, don Alfonso Marcué, cree ver en el ojo derecho de la Virgen la imagen de una persona.
De allí para adelante comenzarán las preguntas, las interrogantes, sobre todo lo relacionado con la imagen impresa en la “tilma” de Juan Diego: La resistencia al paso del tiempo, la ninguna acción sobre la tosca tela de insectos, humo de velas, etc. Hasta llegar a sofisticados análisis sobre la textura de la tela, pinturas, análisis de fotografías por computadoras, etc.

Una pintura que no es “pintura”

Durante siglos los creyentes que oraban a la Virgen lo hacían ante una tela que se suponía que tenía ” pintada” la imagen de la Virgen.
El Premio Nobel de Química de 1938, analizó dos fibras sacadas de la tilma y afirmó tajantemente que “…en las dos fibras, una de color rojo y otra amarilla, no existían colorantes vegetales, ni colorantes animales, ni colorantes minerales”. O sea no se trataba de pintu­ra. (Las pinturas modernas basadas en colorantes sinté­ticos no se conocían en 1531). Por lo tanto, dicha tela no estaba “pintada”. Entonces, ¿cómo era posible que se viera como si estuviese “pintada”?
Una respuesta a esta pregunta la dio el 10 de diciembre de 1975 el doctor Eduardo Turati, en informe que dice:
“…un hecho que me llamó la atención es que obser­vando la imagen, en zonas donde el tejido de la misma se encuentra abierto por lo viejo que está, a pesar de ello, la pintura seguía fija en las fibras posteriores del ayate (las que obviamente se encontraban ocultas por las fibras superiores cuando recién se fabricó la tela). Este detalle tan significativo hace pensar que la imagen se encuentra impresa, o es pane de la misma tela, y no pintura sobrepuesta a ella”.

¿Cómo pudo imprimirse o estamparse la tela, en todo su espesor, en 1531?

Por su parte, otros investigadores y científicos se han preocupado del hecho evidente de que la tela parece ser refractaria al polvo, a los insectos y a la humedad am­biente. No hay que olvidar que la imgen estuvo expuesta a la veneración sin ningún tipo de protección durante más de un siglo en la Ermita y en la primitiva Iglesia de Tepeyac.
Además, una “tilma” o capa de maguey se estima que tiene una vida y duración máxima de unos veinte años, y el “ayate” de Juan Diego conserva su textura y sus colores por más de cuatrocientos cincuenta años…
En el atentado dinamitero de la mañana de 14 de no­viembre de 1921, se produjeron gravísimos daños en la Basílica y en los edificios cercanos, pero la urna que contenía el ayate no sufrió ni siquiera la quebradura del cristal que la protegía. Hasta las gradas de mármol del altar en que se encontraba la imagen fueron reducidos a polvo…
Cuando aventando la paja se encuentra el trigo…
En la noche del 7 de mayo de 1979, los científicos Philip S. Callagan (biofísico de la Universidad de La Florida) y Jody Brant Smith (Profesor de Estética en Pensacola y en la Universidad de Miami, y miembro del grupo de la NASA que investiga el Santo Sudario de Tu-rín), fotografiaron la imagen de la Virgen de Guadalu­pe, sin su protección de cristal, utilizando películas espe­ciales para rayos infrarrojos y películas normales.
El informe entregado por estos científicos como ob­sequio al Cardenal Obispo de México, es taxativo: “Existe una imagen primera impresa en la tela y poste­riores agregados con pinturas comunes y corrientes que están sufriendo ya el deterioro del tiempo. Sobre los agregados que ha hecho el fervor popular con el correr de los siglos, no vale la pena referirse, pero sí a la ima­gen misma que resulta imposible de explicar.
“La figura original que comprende la túnica rosa, el manto azul, las manos y el rostro, es INEXPLICABLE. “Partiendo del examen llevado a cabo con los citados rayos infrarrojos, no hay manera de explicar ni el tipo de los pigmentos cromáticos utilizados, ni la permanen­cia de la luminosidad y brillantez de los colores tras cuatro siglos y medio. Más aún, si se tiene en cuenta el hecho de que no hay trazos ni preparación subyacentes, ni barniz aplicado sobre la pintura, y que la trama mis­ma de la tela es aprovechada para dar profundidad al retrato, no hay explicación posible de la imagen ante los procedimientos de la fotografía infrarroja. Muy de no-tar es que después de cuatrocientos cincuenta años no exista decoloración ni agrietamiento de la figura origi­nal en ninguna parte del ayate de maguey, que, por care­cer de empaste, debería haberse deteriorado hace ya cientos de años”.
El informe de los científicos concluye en forma absolutamente taxativa:
“En resumen, la sagrada imagen original es INEXPLICABLE. El moño y la luna fueron probable­mente añadidos en el siglo XVI por un indio y por otras manos, también humanas, las decoraciones góticas y el resplandor del fondo…”.

LOS OJOS:  ¿ Una fotografía de casi medio milenio ?

El primer documento oficial que certifica la existen­cia de reflejos en los ojos de la Virgen de Guadalupe da­tan del 26 de mayo de 1956, firmado por el oculista Dr. Javier Torroella Bueno:

“Si tomamos una fuente luminosa y la ponemos frente a un ojo veremos que es reflejada por él, el lugar donde se refleja y que nosotros vemos, es la córnea ya que en el ojo sólo se pueden reflejar las imágenes en tres lugares (imágenes de Samsom Purkinge) o sea, la cara anterior de la córnea, la cara anterior del cristalino y la cara posterior del mismo.
“Los caracteres de estas imágenes son las siguientes; la imagen de la cara anterior de la córnea es más brillan­te, es derecha. La segunda imagen, es decir la de la cara anterior del cristalino también es derecha, pero menos brillante; y la tercera es invertida y poco luminosa. Para poder observar estas dos últimas imágenes es necesario que la pupila esté en midriasis, ya que se encuentra atrás del iris.
“La imagen de la Virgen de Guadalupe que se me ha dado para su estudio, se encuentran en la córnea, los reflejos.
“Si tomamos un pedazo de papel de forma cuadrada y la ponemos frente a un ojo, nos daremos cuenta de que la córnea no es plana (ni esférica tampoco) ya que se produce una distorsión de la imagen de acuerdo con el lugar donde está reflejando.
“Si alejamos este papel notaremos que aparecen en el lugar contra lateral del otro ojo, es decir, si una imagen se está reflejando en la región temporal del ojo derecho, se reflejará en la región nasal del ojo izquierdo. En las imágenes en cuestión están perfectamente colocadas de acuerdo con esto, la distorsión de las figuras también concuerda con la curvatura de la córnea”.

¿Nos encontraríamos, entonces, ante una imagen impresa en una tela cuyos ojos parecen estar vivos refle­jando lo que ven?
Son innumerables los testimonios dados por oculistas de renombre internacional que se ha sucedido sobre lo que se ve en los ojos de la “Guadalupe”, la indiscutida soberana de la América Latina, la que reina en los tres . subcontinentes del Nuevo Mundo.
Hemos guardado para el final el golpe de gracia que da un periodista español, investigador incansable, J.J. Benítez, al reseñar, tras mucho estudio, lo que nos dice la computadora sobre esos maravillosos ojos de la Virgen:

¿Un autorretrato?

El profesor José Aste Tonsmann, especialista en In­geniería de Sistemas Ambientales, Universidad de Cor-nell, Estados Unidos de Norteamérica» destacado en un Centro Científico Computacional en el Distrito Federal de México, resumió sus conclusiones de lo que hasta ahora ha logrado estudiar mediante la fotografía some­tida al análisis de la computadora sobre lo que se en­cuentra en los ojos de la Virgen de Guadalupe a J.J. Benítez.
Lo resumiremos de la siguiente manera: —Mediante el uso de sofisticadas computadoras, se descubre la figura de “un indio sentado” en el ojo iz­quierdo de la imagen de la Virgen de Guadalupe.
—El segundo hallazgo es el de un “hombre con bar­ba” en el ojo derecho.
—Tonsmann encuentra a un tercer y cuarto persona­jes; el anciano, posiblemente el Obispo fray Juan de Zu-márraga, y al “traductor”. Ambos en el ojo izquierdo. —Aparece la supuesta imagen del indio Juan Diego en el momento de extender su “tilma” para entregar las rosas al Obispo. Las computadoras (hasta ahora) “no ven” flores en la superficie del ayate (tampoco, hasta ese instante, aparece la figura de la Virgen en el ayate). —Las computadoras descubren a un nuevo persona­je, una negra, que se supone que estaría al servicio del Obispado.
—Mediante el sistema de “mapeo” (término empleado por Benítez), se localiza en el ojo derecho el mismo grupo de figuras que se había descubierto en el izquierdo. Esto elimina toda posibilidad de casualidad en la formación de las imágenes.
—Se efectúa un experimento con unos ojos pintados en un cuadro, al azar, pero sólo se obtuvieron manchas informes. Esta experiencia, según expertos, es concluyente.
—Aparece en ambos ojos el llamado “grupo familiar” que rompe la lógica de la escena. Según Tons-mann, el grupo encierra algún tipo de “mensaje”.
—Los diferentes volúmenes, grado de luminosidad y ángulos que presentan las mismas figuras de ambos ojos encajan perfectamente en el fenómeno de la visión este­reoscópica. Los alargamientos de algunas de las imáge­nes corresponden a la reflexión de las mismas en una fi­gura convexa, como es el ojo humano, acota Tons-mann.
—Aun con la tecnología actual sería imposible “pin­tar” imágenes de estas dimensiones con la precisión y detalles que aparecen en las doce figuras hasta ahora en­contradas por las computadoras. Y mucho menos te­niendo en cuenta el tosco material que constituye el aya­te. Tampoco hay que olvidar que se está hablando de di­mensiones microscópicas, como es el diámetro real de las córneas en la imagen impresa en el ayate de Juan Diego: siete u ocho milímetros.

Ojo de la Virgen

Una de las fotografías de un ojo de la Virgen en que se ha retocado una de las figuras que en él se refleja.

La Teoría Tonsmann

“Mi teoría hay que fijarla en esa décima de segundo, inmediatamente anterior al hecho físico de la caída de las flores.
“En mi opinión, la Virgen se encontraba presente en aquella habitación o patio, donde tuvo lugar el llamado “milagro de las rosas”. Y tenía que estar cerca del Obispo, del indio Juan Diego y del resto de los asistentes. El “hombre con barba”, por ejemplo, era la persona más cercana a ella: 30 ó 40 centímetros.
“Pero nadie se percató de su presencia por la sencilla razón de que no fue vista. La Señora debió ser invisible a los ojos humanos.
“Aunque nosotros no podamos comprenderlo, esa invisibilidad no tenia por qué significar una presencia irreal. En otras palabras: que la Virgen podía estar física y materialmente presente junto a estos personajes, pero no visible. Y en sus ojos debían estar reflejándose las figuras de estas personas, especialmente la del “hombre barbudo”, dada su proximidad.
“Cuando Juan Diego abrió su manta y las rosas cayeron al piso, la imagen de la Señora quedó misteriosamente impresa en el tejido del ayate, llevando en sus ojos el reflejo de todo el grupo”.
Hasta alli el extracto de las teorías de Aste Tonsmann expuestas a J.J. Benítez.

El significado simbólico de la imagen

Tilma Virgen de Guadalupe

Virgen de Guadalupe, Patrona de Latinoamérica: Dios pintó a su Madre ¡ con flores, rosas de Castilla !

Sincretismo católico nahuatl: significados ocultos de la imagen

1. Ojos : Su mirada refleja ternura y bondad. Los indígenas no consideraban correcto mirar de frente; por eso tiene inclinada la cabeza en señal de reverencia y respeto.
2. Boca : El labio inferior quedó impreso sobre un nudo del ayate, lo que brinda una gracia adicional.
3. Manos : Las manos están juntas en actitud occidental de oración.
4. Cinta : El moño negro anuncia su maternidad. Las indígenas embarazadas se ceñían con una banda arriba de la cintura y dejaban libre el vientre.
5. Rayos solares : Los rayos confieren a la imagen un aura.
6. Manto : Representa el cielo. Tiene 46 estrellas, supuestamente, en la posición que ocupaban en el firmamento el 12 de diciembre de 1531.
7. Túnica : Es de color rojo y representa la tierra. Las diversas figuras que bañan la túnica, en la que se encuentran nueve arreglos florales, podrían representar los nueve pueblos peregrinos llegados de Aztlán, según un códice de 1576.
8. La luna : Parece sugerir cierto dominio de la imagen sobre ella. Originalmente era de color plateado, pero, con el paso del tiempo, se ha ennegrecido y se han descarapelado algunos de sus detalles. Significado en náhuatl de “México”: e-tztli/Lu-na; xi-ctli/ombligo, centro; co/en.
9. Nubes : Para algunos indígenas, las nubes estaban asociadas con la altura, la elevación del espíritu, que indicaban lo divino. También anunciaban la llegada de una nueva era.
10. Zapatilla : Es de tono ocre. La flexión de la rodilla izquierda junto con la mirada baja y puede representar la danza indígena, que era una manera de orar.
11. Ángel : Podría representar a Juan Diego. Sus manos unen la tierra y el cielo (manto y túnica).
12. Cabello: El cabello suelto indica su condición de doncella. Las casadas llevaban el pelo trenzado.

¿ Qué es el magüey o agave ?

Planta de maguey agave o pita

Variedad del magüey, agave o pita

Maguey. Planta de la familia de las Amarilidáceas, posee pencas largas y carnosas, de color claro. De ellas se obtiene la “pita” y  fibras textiles. Se dice que cuando el maguey florece, se muere la planta.

Cristóbal Colón describió en una ocasión que él había visto en el Caribe una planta que confundió con el aloe. Otros viajeros europeos, observarían su notoria presencia en zonas semidesérticas de Las Américas (razón de su nombre). El botánico Rudolf Jakob Camerarius escribió en una de sus obras que en el jardín botánico de Pisa florecía en 1583 un aloe americano; éste no era otra cosa que agave americana que efectivamente floreció por primera vez en Europa en el Jardín botánico de Pisa.

Se cultiva aún por la fibra textil de sus hojas, llamada pita, para producir cuerda, redes y otros objetos. Su elaboración consiste en machacar las hojas de la planta hasta hacer que se desprenda su parte verde y húmeda. Así se logran las fibras que hay en su interior. Luego se encordan éstas hasta fabricarse cuerdas de textura áspera de varios grosores y de un color casi blanco. Actualmente se emplean medios mecánicos y su uso es más escaso.

La Virgen en esta aparición, como en Lourdes, hizo curaciones ¿ nos da una pista sobre asuntos de salud ?

Según investigadores de la Universidad Autónoma de Guadalajara, un compuesto del agave podría mejorar radicalmente los tratamientos para enfermedades del colon. “Las fructanas son unos compuestos -carbohidratos- que no son digeridos por el estómago debido a sus características químicas”, afirma el doctor Guillermo Toriz. Los investigadores sabían que ciertas plantas, como la achicoria, las alcachofas ( en Argentina conocida como alcaiucil ) y la cebolla, contienen fructanas. Sin embargo, sólo muy pocas plantas, como el agave, contienen fructanas en una proporción suficientemente grande. “El 80% del peso de la piña de agave son estos carbohidratos que no se degradan en el estómago”, dice el investigador. “Por lo que pensamos que por medio de una modificación química podríamos utilizarlos para encapsular fármacos que puedan llegar virtualmente intactos al colon”. Además, explica el científico, está el valor agregado de que las fructanas por sí mismas son muy beneficiosas para todo el ambiente de la flora -o microbiota- intestinal. “Las fructanas son un compuesto probiótico, un alimento que contiene microorganismos vivos que permanecen activos en el intestino y tienen un efecto muy beneficioso en la microbiota intestinal”, explica Toriz, “Así que las fructanas tienen un doble beneficio: pueden transportar un fármaco específico al colon y fomentan el crecimiento de bacterias beneficiosas en el intestino”, agrega.

 

BIBLIOGRAFIA

Cronistas de la Colonia. Documentación Biblioteca Particular del Doctor Francisco Harrison de la Barra. “£l Misterio de Guadalupe”, de J.J. Benítez. Editorial Plane­ta, Barcelona, España, 1982.
Historia de la Iglesia en México. Padre Mariano Cuevas, S.J. Antigua Imprenta de Murguía, México, 1921. Enciclopedia Ilustrada Espasa-Calpe.
Los Aztecas, de Jacques Soustelle. Oikus-tau S.A. Ediciones, Barcelona, España, 1980.

Fuentes: Paradigmas, Wikipedia, chicagotribune.com

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