El positivismo no sabe que hacer; la ciencia no sabe que hacer; la historia no sabe que hacer. En la segunda guerra mundial los nazis se encontraron con una aparición de la Virgen María que les impedía avanzar sobre un pueblo protegido. Dijeron a sus superiores que “una señora nos impedía el paso”. ¡ Me imagino la cara de los jerarcas nazis ! Psicosis de guerra o algo así habrán dicho. Me imagino el rompedero de cabeza para tratar de explicar la anticipación de diferentes profecías, como la psicografía de Solari Parravicini que adelantaba que el can sería el primer volador ( la perra Laika ). O el que se descubriera la ciudad de Ur por las indicaciones de Catalina Emmerich, o que Jesús supiera de antemano que el Templo de Herodes sería destruido. ¿ Y el monasterio católico de Nagasaki, que fue edificado tras un monte que lo protegió de la bomba atómica ? La misma existencia de los judíos, un pueblo esclavo de los egipcios, que de un salto cuántico histórico aparece soberano en Tierra Santa, les es tan difícil de explicar como de encontrar el eslabón perdido. ¿ Cómo estos picapedreros Hijos de Abraham, mano de obra esclava de las pirámides, pudieron cambiar su situación sin ejército ?

Además de los escritos canónicos ( los oficializados por la Iglesia ), hay otros llamados “apócrifos” de los que se nutre la misma Iglesia para completar el faltante de piezas del rompecabezas histórico religioso.

Dentro de los llamados Evangelios apócrifos existe el Evangelio de la venganza del Salvador. En él un ferviente cristiano describe los hechos históricos posteriores a la crucifición del Señor, poniendo en boca de los personajes históricos, una versión aproximada de sus dichos, todos imbuídos por su ferviente creencia cristiana. Así se confunden el yo literario del personaje que habla, con el autor del texto, y todo esto con la doctrina cristiana; como transfondo están los hechos históricos filtrados por la historia positivista, que no cree en Dios ni en sus milagros.

De todos modos, vale aclarar que el mote de apócrifos estaría bien ganado, aunque por algunos datos más que falsos parecen inexactos, ya que no coincidirían las fechas de los emperadores y los hechos relatados. Aunque ya se sabe, en cada leyenda hay una verdad escondida, como el grano de arena inicial que forma la perla en la ostra.

Tito y Vespasiano

Los personajes romanos del poder en esta historia son Tito y Vespasiano; ¿ pero quienes fueron ? ¿ los emperadores ?

Tito Flavio Vespasiano (en latín, Titus Flavius Vespasianus; 17 de noviembre de 9-23 de junio de 79), conocido como Vespasiano, fue emperador del Imperio romano desde el año 69 hasta su muerte. Comandó las fuerzas romanas que hicieron frente a la primera guerra judeo-romana del año 66

Vespasiano

Vespasiano

Tito Flavio Sabino Vespasiano (latín: Titus Flavius Sabinus Vespasianus), comúnmente conocido con el nombre de Tito (30 de diciembre de 39-13 de septiembre de 81) fue emperador del Imperio romano desde el año 79 hasta su muerte, en 81. Fue el segundo emperador de la dinastía flavia, dinastía romana que gobernó el Imperio entre los años 69 y 96; dicha estirpe integró los reinados de su padre, Vespasiano (69-79), el suyo propio (79-81) y el de su hermano, Domiciano (81-96).

Emperador romano Tito

Emperador romano Tito

Tito nació en Roma, hijo mayor de Vespasiano y Domitila la Mayor. Tito sirvió como tribuno militar en el distrito militar de Germania Inferior entre 57 d. C. y 59 d. C. y en Britania (60 d. C.) llegando con los refuerzos necesarios tras la revuelta de Boudica. En 62 d. C.

La historia oficial

Vespasiano en la Campaña de Judea marchó con la V y X legiones. Vespasiano se unió a Tito y a la XV legión en Acre. Tras un duro sitio de 47 días, la ciudad cayó, dejando aproximadamente 40 000 prisioneros que fueron asesinados, mientras el resto de los rebeldes optó por el suicidio. El propio historiador judío Josefo, juez y parte de la historia, ya que se basa en sus relatos, se rindió a Vespasiano que lo liberó al observar su inteligencia.

Ahora veamos que nos dice el evangelio apócrifo ” de la Venganza del Salvador ”

El Evangelio de la Venganza del Salvador

Capítulo I

El judío Nathan habla al rey Tito de los milagros de Jesús

1. En tiempo de Tiberio César, emperador, siendo Herodes tetrarca de Galilea, el Cristo fue entregado a Pbncio Pilatos, gober­nador de Judea, por los judíos.
2. En aquella época, Tito era un pequeño rey, que, bajo la do­minación de Tiberio, mandaba en el país de Aquitania, y que había puesto su corte en una ciudad de Libia, que se llama Burgidalla.
3. Y Tito tenía una llaga en el rostro, a causa de un cáncer que se le había declarado en la fosa nasal derecha, y presentaba la fiso­nomía desgarrada hasta el ojo.
4. Y un varón, llamado Nathan, hijo de Naum. oriundo de Judea, y que era ismaelita, iba de país en país, y de mar en mar, y visitaba todas las extremidades de la tierra.
5. Y Nathan fue enviado de Judea hacia el emperador Tiberio, a fin de llevarle el pacto, concluido entre los judíos y la ciudad de Roma.
6. Tiberio era un insensato. lleno de fiebres y de úlceras, y con siete géneros de lepra en su cuerpo.
7. Y Nathan quena recalar lo antes posible en Roma. Pero so­pló un viento del norte, que impidió su travesía, y que lo condujo al puerto de la ciudad de Libia.
8. AI ver llegar el buque, Tito comprendió que procedía de Judea, y todos quedaron sorprendidos, y dijeron que jamás se había visto a un buque llegar de aquella comarca.
9. Y Tito ordenó a un piloto que fuese cerca del navegante, y que le preguntase quién era. Y él le contestó: Soy Nathan, hijo de Naum, de la raza de los ismaelitas, y estoy sometido, en Judea, a Poncio Pilatos. Y he sido enviado a Tiberio, emperador de los ro­manos, para llevarle el pacto hecho con Judea. Pero un gran viento se hizo sentir sobre el mar, y me ha conducido a un país que no conozco.
10. Y Tito dijo: Si puedes encontrar algún remedio, sea un un­güento o una hierba, que haga desaparecer la llaga que tengo en el rostro, como ves, de modo que quede curado, y que recobre mi antigua salud, te daré grandes riquezas.
11. Y Nathan repuso: No sé. ni nunca he sabido, hallar eso que me pides. Pero, si hubieses vivido en Jerusalén, habrías encontrado a un profeta, elegido de Dios, que tenía por nombre Emmanuel, y que curaba al pueblo de sus pecados. Y fue su primer milagro trans­formar el agua en vino, en Cana de Galilea. Y con su palabra cura* ba a los leprosos, devolvía la vista a los ciegos, sanaba a los paralí­ticos, y expulsaba los demonios. Y resucitó tres muertos, y salvó a una mujer sorprendida en delito de adulterio, y que los judíos ha­bían condenado a ser lapidada. Y otra mujer, llamada Verónica, padecía de doce años atrás un flujo de sangre, y, habiéndose aproxi­mado a él por su espalda y tocado la franja de su vestidura, fue curada. Y con cinco panes y cinco peces alimentó a cinco mil hom­bres, sin contar las mujeres y los niños, y aun quedaron trozos bas­tantes para llenar doce canastos. Y todas estas cosas y otras mu­chas se cumplieron antes de su pasión. Y, después de su resurrección, nosotros lo hemos visto en su forma carnal, como antes estaba.

Capítulo II Curación milagrosa de Tito

1. Y Tito preguntó: ¿Cómo es que resucitó de entre los muertos, si estaba muerto también? Y dijo Nathan, contestándole: Él estuvo de cierto muerto, y prendido de la cruz, de la que fue descendido, y, durante tres días, permaneció en el sepulcro. Y resucitó luego de entre los muertos, y descendió a los infiernos, y libertó a los patriar­cas, a los profetas y a todo el género humano. Y luego se apareció a sus discípulos, y comió con ellos, y ellos lo vieron subir al cielo. Y todo lo que digo es la verdad. Yo lo he visto con mis ojos, y toda la casa de Israel también.
2. Y dijo Tito: Malhaya tú, emperador Tiberio, lleno de úlceras y envuelto en lepra, pues que escándalo tal pasó bajo tu reinado, y pues que has hecho leyes tales en la Judea, en la tierra de la nativi-dad de Nuestro Señor Jesucristo, donde se ha prendido y dado muerte al rey y al soberano de todos los judíos, y no se lo ha dejado venir a nosotros, para curarme de la lepra, y librarme de mi enfermedad. Y, si esos judíos estuvieran ante mí, yo los mataría con mis propias manos, y los haría pender de cruces, pues que han destruido a mi Señor, y mis ojos no han sido dignos de ver su faz.
3. Y, cuando Tito hubo hablado así, la llaga de su rostro desapa­reció, y se encontró perfectamente curado. Y cuantos enfermos es­taban presentes fueron curados al mismo tiempo.
4. Y Tito, con todo el pueblo, exclamó en alta voz: Mi Dios y mi rey, tú, a quien nunca he visto, y que me has curado, dispon que yo vaya por el mar a la tierra donde naciste, a fin de que tome venganza de tus enemigos, y ayude, Señor, a destruirlos y a vengar tu muerte, y entrégalos en mis manos.
5. Y, cuando hubo hablado así, se hizo bautizar, para lo cual llamó a Nathan y le dijo: ¿Cómo has visto tú bautizar a los que creen en el Cristo? Ven a mí, y bautízame en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Parque yo creo firmemente, con todo mi corazón y con toda mi alma, en Nuestro Señor Jesu­cristo, porque no hay en el mundo otro que me haya creado, y que me haya curado.
6. Y, cuando hubo dicho esto, envió emisarios a Vespasiano, pidiéndole que viniese a toda prisa con soldados muy valerosos y bien equipados para la guerra.
7. Y Vespasiano, con cinco mil hombres armados, fue a juntar­se a Tito. Y, cuando hubieron llegado a la ciudad de Libia, preguntó a Tito: ¿Por qué me has hecho venir? Y Tito contestó: Sabe que Jesús ha venido al mundo, que nació en Judea en un lugar que se llama Bethlehem, y que fue entregado a los judíos, y azotado y crucificado en el Calvario. Y que al tercer día resucitó de entre los muertos, y sus discípulos lo vieron en la misma cama en que había nacido, y se manifestó a ellos, que creyeron en él. Y nosotros que­remos ser discípulos suyos. Vamos, y destruyamos a sus enemigos, para que se sepa que nada es comparable a Dios Nuestro Señor sobre la faz de la tierra.

Capítulo III Venganza de Tito y de Vespasiano

1. Y, habiendo celebrado consejo, salieron de la ciudad de Libia, que se llama Burgidaüa. y entraron en buques, y llegaron a Jerusa­lén y atacaron el reino de los judíos, y comenzaron a destruirlo. Y, oyendo los reyes de los judíos las depredaciones que hacían, tuvie­ron gran pavor y se turbaron extremadamente.
2. Entonces Arquelao se turbó en su discurso, y dijo a su hijo: Hijo mío, recibe mi reino y dirígelo, y aconséjate con los demás reyes que existen en la tierra de Judá, para que podáis escapar de vuestros enemigos.
3. Y cuando hubo hablado así, sacó su espada, e inclinándose hacia abajo, se clavó en el pecho su aguda punta, y murió.
4. Y su hijo se unió a los otros reyes que estaban bajo su jerar­quía, y celebraron consejo, y fueron a Jerusalén con los jefes de aquellos que en dicho consejo se hallaban, y allí estuvieron siete años.
5. Y Tito y Vespasiano tomaron el acuerdo de bloquear la ciu­dad, y lo hicieron. Y, cuando pasaron siete años, el hambre se hizo extremada, y los sitiados, faltos de pan, comenzaron a comer tierra.
6. Y los soldados, que obedecían a cuatro reyes, se* reunieron en sí, y dijeron: ¿No hemos de morir? ¿Qué hará Dios por nosotros, y qué nos importa la vida, ya que los romanos han venido a tomar nuestro país, y a destruir nuestra nación? Preferible es que nos matemos unos a otros a que los romanos puedan decir que nos han dado ellos la muerte, y que han logrado plena victoria sobre nosotros.
7. Y sacaron sus espadas, y se hirieron, y así murieron doce mil de aquellos hombres. Y los cadáveres extendieron una gran infec­ción por la ciudad. ,
8. Y los reyes sintieron un espanto de muerte, y no podían so­portar el hedor de los cadáveres, ni sepultarlos, ni arrojarlos fuera de la ciudad.
9. Y dijeron: ¿Qué hemos de hacer? Hemos entregado el Cristo a la muerte, y ahora somos entregados a la muerte nosotros. Hu­millemos nuestras cabezas, y demos a los romanos las llaves de la ciudad, puesto que ya Dios nos ha entregado a la muerte. •
10. Y subieron a las murallas, y dijeron a gran voz a Tito y a Vespasiano: Recibid las llaves de la ciudad, que os son donadas por el Mesías, a quien llaman el Cristo.
11. Y se pusieron en manos de Tito y Vespasiano, diciéndoles: Juzgadnos, pues que nosotros hemos juzgado al Cristo, y lo hemos llevado a la muerte sin motivo ninguno.
12. Y Tito y Vespasiano hicieron lapidar a parte de ellos, y a otros los crucificaron, con los pies hacia arriba y la cabeza hacia abajo, y los hirieron a lanzadas.
13. Y vendieron a otros como esclavos, y se repartieron a los demás, haciendo cuatro divisiones, como ellos con las vestiduras del Señor .
14. Y Tito y Vespasiano’ dijeron: Ellos vendieron a Cristo por treinta dineros de plata, y nosotros venderemos treinta de ellos por un solo dinero. Y lo hicieron así, y luego tomaron Jerusalén y todas las tierras de Judea.
15. Y empezaron a buscar la faz de Cristo. Y hallaron a una mujer, llamada Verónica, que la tenía.
16. Y apresaron a Pilatos, y lo pusieron en prisión, encargando a cuatro piquetes de once soldados cada uno que lo guardaran y vigilaran la puerta de su encierro.
17. Y mandaron emisarios a Tiberio, emperador de Roma, pi­diéndole que les enviase a Velosiano.
18. Y Tiberio le dijo: Toma cuanto sea preciso para andar por el mar, y baja a Judea, y busca a uno de los discípulos de aquel que se llamaba el Cristo y el Señor, para que venga a mí y, en nombre de su Dios, me cure de la lepra y de las enfermedades, que me afligen cada día más, y de las llagas, que cada día me atormentan más vivamente. Y lleva contra los reyes de los judíos que están sometidos a mi imperio todas tus fuerzas y terribles máquinas de guerra, y condénalos a muerte, ya que ellos han matado a Jesucris-. to, Nuestro Señor. Y si encuentras un hombre que me pueda curar de mi enfermedad, yo creeré en Cristo, hijo de Dios, y me haré bautizar en su nombre.
19. Y Velosiano dijo: Señor emperador, si yo encuentro un hom­bre que pueda ayudarnos, y libertarnos de las enfermedades, ¿qué recompensa le prometeré? Y dijo Tiberio: Yo le donaré la mitad de mi Imperio, y él la tendrá en sus manos.
20. Y Velosiano se puso en camino y, tomando un buque, se dio a la vela, y navegó a través del mar. Y estuvo en el mar un año y siete días, después de cuyo plazo llegó a Jerusalén.
21. Y ordenó que ciertos judíos vinieran a rendirle homenaje, y procuró informarse con cuidado de los actos de Nuestro Señor Je­sucristo. _
22. Y José de Arimatea y Nicodemo se reunieron allí. Y dijo Nicodemo: Yo lo he visto, y sé que verdaderamente era el Salvador del mundo. Y dijo José: Y yo lo he descendido de la cruz, y lo he puesto en un sepulcro reciente, que había sido tallado en la roca, y los judíos me tuvieron encerrado el día de Pascua hasta la tarde, y mientras yo estaba preso, la casa fue sostenida por los cuatro rinco­nes, y yo vi al Señor Jesucristo resplandeciendo con una luz como la de las estrellas. Y caí por tierra lleno de terror. ,
23. Y él me dijo: Mírame, soy Jesús, a quien tú has enterrado en su tumba. Y yo le dije: Muéstrame el sepulcro en que yo te he colo­cado. Y Jesús, tomando mi mano con la suya derecha, me condujo al lugar en que yo lo había depositado.
24. Y vino la mujer llamada Verónica, y dijo: Yo, entre la multi­tud, toqué la franja de su vestido, porque padecía desde doce años antes un flujo de sangre, y me curé. Y entonces Velosiano dijo a Pilatos: Impío y cruel, ¿por qué has hecho morir al hijo de Dios?
25. Y Pilatos respondió: Las gentes de la nación y los pontífices Anas y Caifas me lo habían entregado. Y dijo Velosiano: Impío y cruel, mereces, la muerte y una pena severa. Y lo hizo entrar de nuevo en la prisión.
26. Y Velosiano preguntó por el rostro o faz del Salvador. Y cuantos allí estaban dijeron: La mujer que se llama Verónica es la que tiene en su casa la faz del Salvador.
27. Y él ordenó que la condujesen ante sí. Y le preguntó: ¿Tie­nes la faz del Salvador en tu casa? Y ella lo negó.
28. Y Velosiano ordenó que se le diese tormento hasta que entre­gase la imagen del Señor. Y, cediendo a la violencia, Verónica dijo: Yo la tengo en un lienzo, y la adoro a diario. Y diciéndole Velosiano: Muéstramela, ella mostró el rostro del Señor.
29. Y, viéndola, Velosiano, se prosternó en tierra y, con fe since­ra y corazón encendido, la tomó, la envolvió en una tela dorada, la cerró en una caja, y la selló con su anillo. E hizo un juramento, y dijo: Por el Dios vivo y por la salud del César, que no verá su faz nadie hasta que vea yo la de mi señor. Tiberio.
30. Y, cuando hubo hablado así, los jefes de la Judea tomaron a Pilatos para conducirlo a un puerto de mar. Y Velosiano, con el rostro del Señor, y seguido de todos sus discípulos y satélites, se embarcó el mismo día.
31. Y Verónica abandonó, por el amor de Cristo, cuanto po­seía, y siguió a Velosiano. Y él le dijo: Mujer, ¿qué buscas, o qué quieres?
32. Y ella contestó: Busco la faz de Nuestro Señor Jesucristo, que me ha iluminado no por mis merecimientos, sino por su piado­sa misericordia. Devuélveme la imagen de Nuestro Señor Jesucris­to, porque me mata el dolor de no tenerla. Si no me la devuelves, yo no te abandonaré hasta que no vea dónde la has depositado, pues quiero, miserable de mí, servirla todos los días de mi vida. Porque creo que es mi redentor, y que vive en la eternidad.
33. Y Velosiano ordenó que se admitiese a Verónica con él en el buque. Y, desplegando las velas, comenzaron a navegar en el nom­bre del Señor y avanzaron a través del mar. Y Tito y Vespasiano habían quedado en Judea sometiendo el país a su dominación.
34. Pasado un año, Velosiano llegó a la ciudad de Roma. Y orientó su barco hacia el río que llaman el Tíber, y entró en ella. Y despachó un emisario a su señor el emperador Tiberio, para anun­ciarle su feliz llegada.

Capítulo IV

Conversión de Tiberio

1. Y Tiberio, oyendo al emisario, fue invadido de extremada alegría, y ordenó que Velosiano se presentara ante él.
2. Y le dijo a Velosiano: ¿Cómo has venido, y qué has visto en el país de Judea, que concierna al Señor Cristo y a sus discípulos? indícame cómo debo curarme de la lepra, y yo pondré todo mi Imperio en tu poder y en el suyo.
3. Y Velosiano dijo: Mi señor y emperador, yo he encontrado en Judea a tus servidores Tito y Vespasiano, temerosos del Señor, y están curados de sus úlceras y dolencias. Y he hallado que, por orden de Tito, todos los príncipes y soberanos de la Judea habían sido crucificados. Anas y Caifas han sido lapidados. Arquelao se ha herido él mismo con su espada. Y a Pilatos yo mismo lo he enviado a Damasco, encadenado, y prisionero bajo una buena guardia. Y me he informado de que los detestables judíos hirieron a Jesús con espadas y con palos, y que lo hicieron crucificar, a él, que vino a salvarnos. Y José de Arimatea y Nicodemo vinieron llevando acei­te de olivar y mirra, con un peso de cerca de cien libras, para ungir el cuerpo de Jesús, y lo descendieron y lo sepultaron en un sepul­cro nuevo. Y al tercer día resucitó de entre los muertos, y se mostró a sus discípulos en la misma envoltura carnal en que había nacido. Y cuarenta días más tarde lo vieron elevarse al cielo. Y Jesús hizo muchos milagros antes de su pasión y después de ella. Cambió el agua en vino, curó leprosos, resucitó muertos, hizo ver a los ciegos y oír a los sordos, sanó paralíticos, expulsó demonios, y devolvió el habla a los mudos. Y resucitó a Lázaro, que llevaba muerto y sepul­tado cuarenta días, y curó a Verónica, que sufría de doce años an­tes un flujo de sangre, y que tocó el borde de su vestidura. Y plugo al Señor de los cielos que el Hijo de Dios, que ha sido enviado a este mundo y ha muerto sobre la tierra, enviase a un ángel, y diese órdenes a Tito y a Vespasiano, a quienes yo he conocido aquí mis­mo, donde está tu trono. Y plugo a Dios Todopoderoso que ellos fuesen a Judea y a Jerusalén, y apresasen a sus altos dignatarios, y los sometiesen a juicio, como ellos habían hecho con Jesús.
4. Y Vespasiano dijo: ¿Qué haremos de los que quedan? Y Tito repuso. Ellos han crucificado a Nuestro Señor sobre un madero verde, y lo han herido con una lanza. Colguémoslos nosotros de un madero seco, e hirámoslos con una lanza. Y así lo hicieron. Pero dijo Vespasiano: ¿Qué haremos con los que quedan aún? Y res­pondió Tito: Ellos dividieron en cuatro partes la túnica de Nuestro Señor Jesucristo. Apresémoslos nosotros, y dividámoslos en cuatro partes: una para ti, otra para mí, otra para tus soldados y otra para mis hijos. Y lo hicieron así. Y dijo Vespasiano: ¿Qué haremos de los que quedan aún? Y Tito respondió: Los judíos vendieron a Nuestro Señor por treinta monedas de plata. Y lo hicieron de esa guisa.
5. Y prendieron a Pilatos, y me lo entregaron, y yo lo encerré en una prisión en Damasco. Y puse cuatro centuriones para guardar­lo. Y enviaron comisarios para buscar con gran interés el rostro del Señor, y encontraron una mujer llamada Verónica, que poseía la efigie del Señor.
6. Y el emperador Tiberio dijo a Velosiano: ¿Dónde tienes esa efigie? Y contestó Velosiano: La tengo en un lienzo de tela de oro, envuelta en un manto. Y el emperador Tiberio le dijo: Extiéndela ante mí, para que yo me ponga de hinojos, y la adore en tierra.
7. Y Velosiano desplegó su manto, que envolvía la tela de oro en que iba la imagen del Señor. Y el emperador Tiberio la vio.
8. Y adoró con ferviente corazón la imagen del Señor, y su carne curó, y fue como la de un niño pequeño. Y todos los ciegos, los leprosos, los cojos, los mudos, los sordos y cuantos sufrían distintas enfermedades fueron curados y librados de sus males.
9. Y el emperador Tiberio, con la cabeza baja y dobladas las rodillas, exclamó: Feliz el vientre que te ha llevado y el seno que te ha nutrido. Y se dirigió al Señor, con gemidos y lágrimas, diciendo: Dios del cielo y de la tierra, no permitas que yo peque, sino confir­ma mi alma y mi cuerpo, y llévame a tu reino, que yo pondré siem­pre toda mi confianza en tu nombre. Líbrame de todos mis males como libraste a los tres jóvenes hebreos de los suyos en un horno ardiente.
10. Y el emperador Tiberio preguntó a Velosiano: ¿Has visto hombres que hayan conocido al Cristo? Y Velosiano repuso: Los he visto. Y Tiberio dijo: ¿Has preguntado cómo se bautiza a los creyentes en Jesús?
11. Y Velosiano le dijo: Señor, tenemos aquí uno de los discípu­los del Cristo. Y Tiberio ordenó que Nathan viniese a él. Y Nathan vino, y lo bautizó en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
12. Y, cuando el emperador Tiberio se halló curado de todos sus males, subió a su trono y dijo: Bendito seas, Señor, Dios omni­potente y digno de alabanza, tú, que me has libertado de la muerte, y que me has purificado de todas mis miserias, porque yo he peca­do mucho en tu presencia, y no soy digno de ver tu faz. Y así el emperador Tiberio fue instruido plenamente, y creyó con sinceri­dad en todos los artículos de la fe.

 

Información complementaria sobre Verónica

Cuando Ana Catalina Emmerich se refiere al momento en que Serafia (Verónica) procede a enjugar y limpiar con un lienzo fino el rostro de Jesús, afirma que era mujer de un miembro del Consejo del Templo llamado Sirach, aunque antes había dicho que su nombre era Obed. Verónica es un término que procede de vera e icon, es decir, «verdadero retrato», «verdadera imagen».

En el apócrifo Actas de Pilato, en el capítulo VII, se dice que el nombre de Verónica era Bernice. En otro apócrifo, Muerte de Pilato, de nuevo se nombra en latín como Verónica, que en griego es Berenike o Beronike.

Diversos apócrifos identifican a Verónica con la hemorroísa, es decir, la mujer de la que fluía sangre y que fue curada por Jesús ( Mt 9, 20 ). Otro apócrifo que menciona a Verónica es el titulado Venganza del Salvador, cuya redacción primitiva parece remontarse a la época del emperador Claudio. En este apócrifo se dice que Verónica sigue posteriormente a un tal Velosiano, que fue mandado por Tiberio para que buscase en Judea a alguien que pudiera curarlo de la lepra que padecía. Velosiano es llamado Volusiano en las Actas de Pilato. Según la tradición, la casa de la Verónica está situada en la Vía Dolorosa, al oeste de la torre Antonia.

Addendum

Hoy, 7 de mayo, es Santa Domitila de Roma, y como tiene relación que apoya la historia precedente, agregamos el texto del Santoral:

Santa Domitila de Roma

Noble mujer romana, nieta del emprerador Vespasiano y sobrina de los empreadores Tito y Domiciano. Casada con Tito Flavio Clemente, un cónsul romano, a su vez sobrino del emperador Vespasiano y primo de Tito y Domiciano. Se convirtió al cristianismo y enviudó cuando su marido fue martirizado en el año 96 de nuestra era. Desterrada a la isla de Pandaratia en el Mar Tirreno. Posiblemente martirizada, aunque los registros son demasiado esquemáticos.

 

Fuentes: Evangelios apócrifos, enriquecastanos.com, Wikipedia, santopedia.com