Ciudades y casas perdidas históricas, cuyos restos arqueológicos fueron encontrados gracias a las visiones de Ana Catalina Emmerick

Anna Catalina Emmerich nació en Alemania en 1774 de familia muy pobre; tuvo una vida de continuas enfermedades agravadas al quedarse inválida por un accidente. En los últimos años de su vida, hasta su muerte en 1824, recibió las visiones de la vida de Cristo, de la Virgen María y de la vida después de la muerte, así como otras videncias de sucesos que acontecerían tiempo después como el Muro de Berlín, el Concilio Vaticano II, etc. Se dice que con sus visiones en la mano se descubrieron los restos de la ciudad de Ur de Caldea, y la recién descubierta morada de la Virgen en Efeso resultó ser también tal como ella la había descrito. Del mismo modo se descubrieron en 1981 los pasadizos bajo el Templo de Jerusalén, que Ana vio al contemplar el misterio de la Inmaculada Concepción de María, dogma que no sería proclamado por la Iglesia hasta treinta años después de la muerte de esta vidente.

Las ciudades de la tradición Judeo-Cristiana

Después del Egipto de los faraones, tal vez sea Asia Menor y, particularmente, Mesopotamia, una de las zonas más investigadas hasta hoy por la arqueología. Ya a mediados del siglo pasado ( se refiere al Siglo XIX ), Layard descubrió las ruinas de Assur, la primera gran ciudad asiria, en el actual Irak. Era la tierra del dios Enlil y de Ishtar.

Aquí no podríamos hablar de ciudades perdidas, en el concepto que hemos mantenido hasta ahora, pero vale la pena recordar su existencia, pues fueron enclaves señeros tanto históricos como culturales.
Entre las más notables, aparte de Assur, se encuentran las ruinas de Babilonia, célebre por Hammurabi, su arquitectura, sus jardines colgantes y por haber servido de cautiverio al pueblo de Israel.
Mari, metrópolis fundada a fines del cuarto mileno antes de Cristo, en la actual Siria, que ha entregado a la humanidad la majestuosidad de sus palacios y templos.

Nínive, en el actual Irak, nos recuerda a Sargón, Sennaquerib, y a Asurbanipal, famoso por la biblioteca que logró reunir. Sus suntuosos palacios dieron fe de la grandeza asiria.

Susa, en el actual Irán, también conoció una grandeza milenaria y fue célebre por al belleza de su alfarería y pinturas. Conoció las iras del gran Alejandro de Macedonia, Alejandro Magno.

Jericó, la más antigua ciudad fortificada de la zona, data del año siete mil antes de Cristo, y es ya la gran primera urbe de los pueblos nómadas que se han asentado para transformarse en sedentarios y agricultores.
Finalmente, no podemos olvidar a Ur, la patria de Abraham, en el actual Irak. Su primera dinastía se remonta más allá del siglo XVII antes de Cristo. En sus ruinas se destacan templos y zigurats (torres o pirámides escalonadas). Uno de sus soberanos más destacados fue Nabucodonosor.

Estas y otras muchas ciudades de la Mesopotamia, cuna de las grandes culturas antiguas, si bien ya no son “ciudades perdidas”, porque se han encontrado sus ruinas, no es menos cierto que durante milenios, en algunos casos, estuvieron perdidas para el devenir histórico y que los que han recuperado los arqueólogos es sólo un vestigio de su pasada grandeza.

 

Ana Catalina Emmerick y sus visiones que condujeron a hallazgos arqueológicos

La veracidad de lo que vio Ana Catalina a todo lo largo de su vida, ha servido de punto de partida para realizar numerosas investigaciones arqueológicas. Con sus visiones en la mano se descubrió Reynolds, los restos de la ciudad de Ur de Caldea. La recientemente descubierta morada de la Virgen en Éfeso resultó ser también tal como ella la había descrito. Del mismo modo se descubrieron en 1981 los pasadizos bajo el Templo de Jerusalén, que Ana Catalina vio al contemplar el misterio de la lnmaculada Concepción de María, dogma que no sería proclamado por la Iglesia hasta treinta años después de la muerte de esta vidente.

Ur de Caldea, la ciudad natal del patriarca Abraham, padre de las religiones judía, musulmana y cristiana

Se dice que un tal arqueólogo Reynolds ( que no pude ubicar ) usó las visiones de Anna Catalina Emmerich o Emmerick para ubicar los restos de la antigua ciudad de Ur de Caldea, ciudad natal de Abraham, con quien Dios hizo un pacto del cual nacieran las tres grandes religiones monoteistas: judaismo, islam y cristianismo.

 

Patriarca Abraham y su mujer

Por Derecho Divino nacen en Abraham los tres grandes religiones monoteístas: judaísmo, islamismo y cristianismo

He aquí un párrafo de El Antigua Testamento Tomo I Visiones y revelaciones de Anna Catalina Emerick, capítulo XXX

El patriarca Abraham

Abraham y sus descendientes eran de una raza de hombres de gran estatura. Llevaban vida pastoril y no eran, en realidad, de Ur, en Caldea, sino que habían emigrado hasta ese lugar. En aquellos tiempos la gente tenía un modo particular de apropiarse de las tierras, mezcla de justicia y de poder.  Llegaban a una comarca desocupada donde había buenos pastos, marcaban los límites de sus posesiones, levantaban piedras en forma de altar y de este modo el terreno designado venía a ser su propiedad. En su juventud le pasó a Abraham algo semejante a lo que le pasó al niño Moisés: su nodriza le salvó la vida. Le había sido predicho al jefe de la tribu que tendría un descendiente que sería un niño maravilloso, el cual, con el andar del tiempo, vendría a ser peligroso para él. El jefe tomó medidas de precaución. La madre de Abraham se mantuvo oculta, y el niño nació en la misma gruta donde había visto que Eva tuvo que ocultar a Set de la ira de los perseguidores.

Abraham fue criado aquí secretamente por su nodriza Maraha. Esta mujer vivía como sierva pobre en el desierto y tenía su habitación no lejos de la cueva que después, por ella, se llamó gruta de la leche, y donde, a su pedido, fue enterrada por Abraham. Abraham era de alta estatura. Sus parientes lo admitieron con los demás, porque les pareció que ya debía haber nacido antes de la profecía recibida. Estuvo, sin embargo, en peligro por su extraordinaria prudencia, que lo distinguía demasiado de los demás. La nodriza lo salvó nuevamente y lo ocultó largo tiempo en la cueva.  He visto que en esta ocasión se mataron a muchos niños de su edad. Abraham estuvo siempre muy agradecido a esta nodriza y la llevaba consigo en sus viajes sobre un camello. Vivió Abraham con ella en Sukot. Murió a los cien años, y Abraham le preparó la sepultura en un bloque de piedra blanca que, como una colinita, estrechaba la misma cueva. Esta gruta se convirtió en un lugar de peregrinación y de devoción, especialmente para las madres.

En toda esta historia hay un misterio y preanuncio de la persecución que sufrirían María con el niño Jesús, ya que la Virgen escondió al Niño Jesús precisamente en esta cueva, cuando se acercaban los soldados de Herodes que buscaban al Niño para matarlo. El padre de Abraham sabía muchas artes secretas y poseía muchos dones. La gente de su estirpe tenía el don de conocer y descubrir donde había oro en la tierra, y él hacía de oro algunos ídolos semejantes a aquellos que Raquel había sustraído a Laban. Ur es la población que está al Norte de Caldea. He visto en esta comarca, en muchos lugares de la llanura y en la montaña, salir un fuego blanquizco, como si ardiese la tierra. No sé si este fuego era natural o lo hacían los hombres.

Abraham era gran conocedor de las estrellas: veía las propiedades de las cosas y la influencia de los astros sobre los nacimientos. Veía muchas cosas por las estrellas; pero lo refería todo a Dios, seguía a Dios en todo y le servía a Él solo. Enseñaba también a otros esta ciencia en la Caldea; pero vinculaba toda esta ciencia a Dios. Vi que recibió de Dios en una visión la orden de salir de su país. Dios le mostró otro país; y Abraham, sin decir nada a nadie, dispuso a toda su gente a la mañana siguiente y partió. Después vi que tenía su tienda levantada en una región de la tierra prometida, que me pareció era donde estuvo más tarde Nazaret. Abraham levantó aquí un altar extenso de piedras, con techo. Mientras estaba hincado delante del altar, llegó un resplandor sobre él y apareció un ángel, mensajero de Dios, que le entregó un don muy resplandeciente. El ángel habló con Abraham y éste recibió el sacramento o misterio de la bendición, el misterio santo del cielo.

Abrió su vestido y lo guardó en su pecho. Me fue dicho que ello era el Sacramento del Antiguo Testamento. Abraham no conocía aún su contenido; le era desconocido, como a nosotros nos está oculto el Sacramento de la Eucaristía. Le fue dado, empero, como misterio y prenda de una descendencia prometida y santificada. El ángel que se le apareció era semejante al que se le apareció a la Virgen María anunciándole la concepción inmaculada del Mesías. Este ángel era manso, quieto en sus modales y no tan veloz ni acelerado como veo a otros ángeles cuando dan sus comunicados.

Pienso que Abraham llevaba siempre consigo este misterio sagrado. El ángel habló con Abraham de Melquisedec, que celebraría delante de él un sacrificio, que debía ser completado después de la venida del Mesías y durar eternamente. Abraham tomó luego cinco grandes huesos de una caja y los puso sobre su altar en forma de cruz. Encendió luz delante y ofreció un sacrificio. El fuego brillaba como una estrella; en el medio era blanco y en las puntas, rojo.

 

Fuentes: Paradigmas, Wikipedia, perso.wanadoo.es/prensanacional/ana_catalina_emmerick, capillacatolica.org, moimunanblog.files.wordpress.com

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