Virgen del Valle de Catamarca

Virgen del Valle de Catamarca

Se dan noticias y recuerdos del Valle de la Virgen

Es un rincón pequeño de América Latina;

un Intimo refugio de la grande Argentina;

el nido entre dos ramas de la montaña andina;

una flor de la rispida tierra calchaquina.

Es un valle el que canto, valle tibio y callado,

– tibíeza de regazo, callar ensimismado-;

su encanto un poco triste tiene el aire olvidado

del niño que sonrío después de haber llorado.

Tiene expresión de niño por esa claridad

eon que el cielo compensa su pura soledad.

Tiene la transparencia que da la santidad

hecha de penitencia, templanza y humildad.

Pues en la piedra ascética labra su fortaleza

y está en sus arenales su penitencia impresa,

y, como ejemplo digno de la mejor pobreza,

gana lo indispensable para tender su mesa.

Quien nuestro valle viera no olvidará la unción

que infunde esc aire propio de la contemplación:

su silencio más vale parece una oración

nos recuerda el silencio de la Consagración.

Si basta sus plantas muestran devotas propensiones;

los sauces, penitentes con sus tribulaciones;

los álamos, monásticos en quietas procesiones,

y, como candelabros sagrados, los cardones.

Y, en su vejez fortacho, el algarrobo andino

-follaje barbiclaio, tronco nudoso, endrino-

pareciera la imagen de un viejo peregrino

parado en una acequia o al borde de un camino.

Tierra meditativa, con algo de eremita;

huraña, en su aridez, como el alma diaguita;

mas generosa y sana como el agua bendita

para quien de su clima bendito necesita.

Tierra sobria y modesta no obstante su grandeza;

y humilde y descuidada no obstante su belleza;

y doblemente bella debido a la pureza
con que se expresa el alma de su naturaleza.

Como para tomarse los cielos por asalto

-sus cielos de zafiro, sus cielos de cobalto-

dos cerros tiene el valle cuya belleza exalto:

el Ambato al poniente y hacia el naciente el Alto.

Por el cerro del Alto la aurora rebalsaba

derrama en esta cuenca su inundación dorada;

por el Ambato, como sobre una flor morada,

desangra sus estambres la tarde consumada.

Y entre un fuego de augurio y un fuego de agonía,

como un diamante el aire refulge al mediodía;

así es de luminosa la hermosa tierra mía;

valle de luz, acaso llamársele podría.

Valle de luz aun cuando es la noche entrada

pues no hay luna como ésta de nuestra tierra amada;

tanto que, cuando en ella ponemos la mirada,

sentimos hasta el alma de pronto iluminada.

Recuerdo de la estirpe nativa, por sus bríos,

de lo alto del Ambato despéñanse dos ríos:

bajan amenazantes hacia los labrantíos,

braman por las quebradas como toros bravios (1).

El río Tala, lleno de arrestos vocingleros,

moliéndose entre piedras con formas de morteros;
el gran río del Valle, de instintos leñateros,

hurtando la hortaliza de nuestros chacareros.

Pero una vez caídos en el solar sediento

pagan con sus caudales su mal temperamento:

y el Tola en los canales se torna macilento…

y el del Valle a la larga se vuelve cachaciento…

El buen río del Valle; lo evoco a la distancia

con sensación de viento, de sol y de fragancia.

Por sus riberas fueron los días de mi infancia,

mis siestas de aventura, gloriosas de vagancia (2).

A orillas de este río, según los documentos,

nuestras primeras casas tuvieron sus cimientos

allá por los arrimos del año mil seiscientos

-por año más o menos no habrá disentimientos-

A la margen izquierda, los colonizadores

-tan pronto guerrilleros, tan pronto labradores-

fundaron sus poblados a costa de sudores

plantando algodonales por los alrededores.

Allí son las primeras mercedes que se dan:

la de Nuño Rodríguez -Rodríguez y Beltrán-

que cultivan los indios de La Puerta (Pomán)

y es lo que Pomancillo más tarde llamarán;

las de Luis de Medina, muy rancio encomendero

que atendía sus tierras por medio de pobleri;

y la merced de Pedro de Maídana, el primero

en el simple y honroso linaje chacarero (3).

A la margen derecha, y hacía la serranía,

de otra merced el dicho Medina disponía;

allí un pequeño pueblo, que Dios bendeciría,

como una flor de aromo su corazón abría.

Su corazón de tierras dolientes y riscosas

comenzaba a inundarse de acequias luminosas

pues ya por las profundas quebradas silenciosas

bajaba una creciente de estrellas y de rosas.

Oh Choya, nuestro Líbano, según en su tratado

el buen padre Orellana lo llama emocionado;

oh, Choya, magro y triste rincón santificado:

allí Nuestra Señora buscó a su pueblo amado.

 

(1) El ganadero tropo, que aquí viene tan bien, no es mío y, por lo tanto, debo decir de quién: se le ocurrió al poeta Luis Franco describiendo una de las crecientes del río de Belén.

(2) Pasa como dejándose el alma oxigenada

el recuerdo de alguna creciente presenciada:

su rumor ele tormenta, su olor de madrugada,

¡ Oh el hondo y fuerte olor de la tierra mojada !
(3) De don Pedro Maidana fue toda esa región

que Valle Viejo tiene por denominación.

Allí tuvo su origen la limpia devoción
que viene a ser la sangre de nuestra tradición.

Leemos en http://morenitadelvalle.com.ar/sitio/historia/choya/

 

Choya

Choya es el pueblito en cuyos cerros eligió Nuestra Madre del Valle sentar su trono, actualmente es uno de los Distritos del Departamento Capital de la Provincia de Catamarca.
Desde un principio la población fue bendecida, pues desde el 1600 poseía una Capilla, por muchos años la única existente en las inmediaciones.

El pueblo de Choya a que se hace mención en los antiguos documentos estaba situado a un kilómetro del actual del mismo nombre, hacia el norte de los terrenos que en el presente ocupa la ex-Guarnición militar del 17 de Infantería en Catamarca.
El lugar sería, sin duda, centro de concentración de indios cristianos y de españoles con el fin de recibir los santos Sacramentos.

Formaban la población de Choya españoles encomenderos, otros que no eran, e indios en su gran mayoría cristianos. Se ocupaban por lo general de tareas de labranzas y pastoreo. Los trabajos estaban repartidos: los varones tenían a su cargo el cultivo de la tierra, las mujeres y niños cuidaban de las majadas de ovejas y cabras.

Fuente: Libro “Historia Popular de la Virgen del Valle” del Presbítero Alberto S. Miranda.

Juan Oscar Fonferrada. Poeta, escritor y dramaturgo argentino. 1907. Se dan Noticias y Recuerdos del Valle de la Virgen es fragmento de “Loor ele Nuestra Señora la Virgen del Valle”.

 

Fuentes: Poesía argentina de inspiración religiosa. Antología. Compilador: Arturo López Peña, forosdelavirgen.org, morenitadelvalle.com.ar

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