En el libro del científico inglés Colin Wilson ( a los que no se los puede tildar de papistas ), llamado Buscadores de estrellas, se cuenta la verdadera historia del asunto que la propaganda anticristiana tanto amplificó: la disputa entre Galileo y el Papa Urbano VIII ( su amigo personal ) y el supuesto tenor científico de esta disputa.

Galileo era católico y por lo tanto su jefe en asuntos de fe y morales era el Papa, pero ya entonces había nacido la soberbia de la ciencia y ya la Iglesia luchaba contra esa naciente soberbia. La soberbia de la ciencia de hoy cambia el tópico del asunto y quiere convertir un asunto de moral, fe y obediencia cristiana en un debate científico que nunca existió en realidad. Lo mismo hacen con Darwin y Einstein : ¡ dos creyentes ! En la televisión anticristiana se pasan la vida mintiendo sobre una supuesta colaboración entre la Iglesia y los nazis, y luego de medio siglo de tenerlo guardado, publican que ¡ el papa quiso matar a Hitler ! ¿ En qué quedamos, padre de la mentira ?

“Siendo un amante de la libertad, cuando llegó la revolución a Alemania miré con confianza a las universidades sabiendo que siempre se habían vanagloriado de su devoción por la causa de la verdad. Pero las universidades fueron acalladas.’
“Entonces miré a los grandes editores de periódicos que en ardientes editoriales proclamaban su amor por la libertad. Pero también ellos, como las universidades, fueron reducidos al silencio, ahogados a la vuelta de pocas semanas. Sólo la Iglesia permaneció de pie y firme para hacer frente a las campañas de Hitler para suprimir la verdad.
Antes no había sentido ningún interés personal en la Iglesia, pero ahora siento por ella gran afecto y admiración, porque sólo la Iglesia ha tenido la valentía y la obstinación de sostener la verdad intelectual y la libertad moral. Debo confesar que lo que antes despreciaba ahora lo alabo incondicionalmente.” ( Declaración de Albert Einstein, publicada por “Time Magazine” el 23 de diciembre de 1940, p. 40 )

Sí Albert, solo la Iglesia se mantiene en alto durante el nazismo, el comunismo o el capitalismo anticristiano. Se mantiene en alto a pesar de todos nuestros errores y los errores de sus ministros.
Mientras tanto, como un testimonio contra tanta mentira y tanta locura desesperada ( la mentira está acorralada y se acaba su tiempo ) los restos mortales de Galileo descansan en la Basílica de la Santa Cruz en Florencia.
Como decimos en Argentina, ¡ bajate de tu caballo “ciencia” ! ¿ No eres la misma que dio como fruto los hongos de Hiroshima y Nagasaki, las armas químicas de la 1º guerra, la que hacía parir monstruos con la talidomida, la que a principios del siglo XX en un museo de Nueva York armaba un esqueleto de dinosaurio con la cabeza en la cola ? ¿ la que se equivoca todos los días, todos los días se rectifica y todos los días tienen una buena reputación insuflada por la soberbia humana ?

El asunto en cuestión ¿ científico o filosófico ?

Cabe pensar además en lo que respecta a la filosofía de la ciencia, si un punto de vista es más que otro, o simplemente es una diferente forma de ver las cosas. Creemos en Dios, Omnisciente, Creador del Universo, Infalible y cuyo punto de vista se llama Verdad. Si el Universo es un espacio aparentemente infinito y aparentemente deshabitado y cuyas únicas criaturas, llamémoslas inteligentes ( aunque haciendo la vista gorda de tanta estupidez, como construir armas para una posible autodestrucción ) seríamos nosotros ¿ es filosóficamente incorrecto pensar en que el planeta que habitan dichas criaturas se tomara como centro arbitrario de dicho Universo, así como se tomó el Nacimiento de Jesucristo, el Mesías de ese Dios Creador, como punto de referencia del tiempo ? Si Ud. está delante mio ¿ no estoy yo delante de Ud. ? Desde su punto de vista arbitrario yo lo enfrento y desde el mio, Ud. me enfrenta a mi. ¿ No es un punto en el espacio la misma arbitrariedad ? Si Dios fuera representado por el Sol, sería lógico ese punto arbitrario como el centro, y si solo se considerara a su obra, por ejemplo al lugar de nacimiento del Hijo de Dios, ¿ no sería arbitrario también, este planeta Tierra, elegirlo como centro de un Universo que gira alrededor ? No sería práctico para una mente pequeña como la del hombre, hacer todos los cálculos de las trayectorias de los cuerpos celestes, en base a esto, la teoría geocéntrica, pero sí para un Dios con una Mente Infinita. Para nuestra mente minúsválida, que colectivamente llamamos ciencia, la teoría heliocéntrica es la que nos conviene. Es pues una discusión absurda, pues Dios verá las cosas con sus Ojos, y nosotros con nuestra miopía, que ni el telescopio de Galileo puede subsanar.
Hoy necesitamos lo mismo que le faltó a Galileo, no importa que tanto hagamos y que tan importante sea, a nuestro ver: somos insignificantes ante Dios y tenemos que ser humildes y supeditarnos a Él. El hombre ateo es hitler, y ya debimos haber aprendido lo que el hombre ateo es capaz de hacer: en las palabras de Freud: un niño enojado ¡ destruiría el mundo si pudiera !

Tumba de Galileo

Tumba de Galileo en La Basílica de la Santa Cruz en Florencia

Leemos: “Las matemáticas son el alfabeto con el cual Dios ha escrito el Universo”. Esta es una de las famosas y sabias frases que en su día pronunció este gran astrónomo italiano nacido en Pisa en 1564 llamado Galileo Galilei. Su majestuosa tumba se encuentra en Florencia en la iglesia de Santa Croce.

Un problema de soberbia que la soberbia quiere plantear como debate científico

“Su juicio suele presentarse como la ordalía de un científico idea­lista caído en el poder de un tropel de fanáticos sádicos. Ya hemos visto que esta imagen puede considerarse una inversión de la verdad.”
“El enjuiciamiento de Galileo colocó a la Iglesia en posición muy falsa, como si defendiera la superstición y el embotamiento mental frente a la libertad de investigación. Antes no hubo «contienda entre la ciencia y la teología». Fue Galileo quien provocó las hostilidades.”

Starseekers de Colin Wilson

 

Dice el libro de Colin Wilson sobre Galileo:

Arthur Koestler, al referirse a Galileo, menciona la «fría e implacable hostilidad que el genio, más la arrogancia y menos la humildad, pro­voca en los mediocres». Pero, al observar muy de cerca su vida, incluso esta explicación resulta inadecuada para explicar la furia que causó.

Necesitamos, a mi juicio, en este momento la teoría psicológica del «hombre que tiene razón», del escritor A. E. Van Vogt. Según ella, existe un tipo humano cuyo sentido de la seguridad se ve amenazado por la idea de que puede equivocarse. La infalibilidad forma parte importante de la imagen que tiene de sí mismo. Sus emociones no están bien dominadas, e interpreta la antipatía que provoca di­ciéndose que su prójimo no puede soportar que él tenga razón y los otros no.

Es, desde luego, un resto de infantilidad. Freud comenta en algún lugar que un niño enfadado destruiría el mundo si pudiera. En la mayor parte de las personas se modera con el realismo, sinónimo de cautela. Singularmente, los individuos en que no se ha modificado son a menudo los de más grande potencial. Su sensación de que poseen capacidades no reconocidas refuerzan su fe en su «acierto» innato. Si tienen autoridad, se inclinan a transformarse en tiranos porque no consiguen distinguir la indignación justa de la injusta. Cuanto excita su ira demanda castigo inmediato.

Galileo había sido mimado y era pendenciero desde la niñez. Cuando la Universidad de Pisa no le concedió la beca, supo que se habían equivocado. Que valedores como del Monte y Médicis reconocieran su mérito, confirmó su pretensión de que las personas verdaderamente inteligentes reconocían el genio en cuanto lo veían. Los die­ciocho años de relativa oscuridad en Padua, en que escondió sus simpatías copernicanas, plantean la cuestión del porqué su retiro. No peligraba, no le acosaban. Pero el «hombre que tiene razón» nada teme más que el ridículo. Pulsa un resorte secreto de paranoia y ocasiona su frenesí.

Sin pensar en lo anterior, no se entenderán las pasiones que de­sató el abierto reconocimiento de Galileo de sus simpatías por Copérnico. En el fondo, los jesuítas eran humanistas ilustrados, y algunos se inclinaban ya a aceptar la teoría copernicana. El padre Clavius, director de astronomía en el colegio de la Compañía de Jesús en Roma, confirmó la existencia de los satélites de Júpiter y Saturno, así como la observación de Galileo de que Venus tenía fases como la Luna, lo que probaba que debía rotar alrededor del Sol.

El Papa le recibió en una audiencia amistosa, y el colegio de la Compa­ñía de Jesús celebró varias ceremonias para honrarle.

En este período la presunción del sabio comenzó a volver la opi­nión general contra él. Asombra que no aconteciera antes; por ejem­plo, había tratado a Kepler con poquísima cortesía en el instante preciso de solicitar su apoyo. Entonces cometió el error de molestar a un jesuita. En 1612, el ayudante del padre Scheiner, astrónomo de Ingolstad y religioso de la Compañía de Jesús, examinó con el teles­copio el Sol y vio las manchas solares. Publicó sus observaciones, y un ejemplar de su informe llegó a Kepler y a Galileo. El primero contestó que había visto en una ocasión algo similar a simple vista, y que lo había confundido con Mercurio. Galileo dilató tres meses su respuesta, en la que afirmó que él había descubierto las manchas en 1610. Reiteró sus afirmaciones en un corto libro sobre el fenóme­no, en que, además, insistió en que era partidario de Copérníco. Los eclesiásticos tampoco objetaron; pero la grosería causó justificable­mente la animosidad del padre Scheiner, que pudo haber preguntado con sobrado derecho por qué se había reservado el hallazgo durante dos años.

El profesor de matemáticas en Pisa era el padre Castelli, antiguo alumno de Galileo. En 1613 le invitaron a cenar en la corte y hubo una controversia sobre los satélites de Júpiter y el sistema copernicano. El sacerdote lo defendió de la acusación de que contradecía las Sagradas Escrituras, y escribió a su antiguo maestro un informe de la discusión. Galileo, víctima de su habitual rabia sacrosanta cuando era criticado, redactó la Epístola a Castelli, en la que, quebrantan­do la ley no escrita, se metió de lleno en la disputa teológica. Sus con­trarios debieron de sonreír y frotarse las manos. Por fin les facilitaba las cosas, como cualquiera hubiera podido vaticinar. La teología, declaró Galileo, era la reina de las ciencias, porque se refería a cues­tiones de revelación espiritual; por lo tanto, en materia de ciencia física, haría bien en no meterse en donde no la llamaban. No lo ex­presó como aquí se expone, pero la intención -y el efecto- fue la misma.

Transcurrió un año sin que hubiese repercusiones. Luego, un tal padre Lorini, con quien Galileo se había peleado en una ocasión, leyó el escrito y se sintió ultrajado. Despachó una carta indignada al Santo Oficio -la Inquisición- de Roma, en la que citaba a derechas y a tuertas la Epístola a Castelli. (Por ejemplo, donde el sabio había manifestado que algunos pasajes escriturarios, tomados al pie de la letra, «tienen el aire de diferir de la verdad», Lorini lo citó como si hubiera dicho que eran «falsos en sentido literal».) El Santo Oficio examinó la obrita y sentenció que no contenía nada contrario a la fe católica. Galileo se salvó de nuevo. Pero sus amigos eclesiásticos principiaron a tener dudas. Y era difícil detener la controversia una vez iniciada. El padre Foscarini escribió un libro en defensa de las opiniones de Copérnico y Galileo, el cual fue enviado al cardenal Ro­berto Bellarmino (canonizado posteriormente) para que manifestase su juicio. El prelado, que había intervenido en el proceso de Giordano Bruno, condenado a la hoguera por hereje dieciséis años antes, dio nuevas muestras de sensatez y lógica, aseverando que no había motivos para no aceptar el sistema copernicano como hipótesis in­teresante, y posiblemente acertada, aunque no debía presentarse como hecho confirmado. Añadió que, si creía que era verdad, corres­pondía a.Galileo probarlo. Y aquello, claro está, era lo que Galileo no podía hacer, porque carecía del elemento esencial de la prueba: una teoría de la gravitación. Galileo braveó, gruñó y se quejó, y pre­tendió que sus adversarios eran aristotélicos estúpidos y cargados de prejuicios, lo que entonces ya podía tildarse de mendaz. En Los sonámbulos, Koestler comenta con perspicacia: «Se había compro­metido en un parecer, y tenía que probar su certeza; el sistema he­liocéntrico se había convertido en cuestión de prestigio personal.» Finalmente, en febrero de 1616, la Inquisición tomó cartas en el asunto y declaró que el sistema de Copérnico se apartaba de la ver­dad y que no debía enseñarse «hasta que se corrigiese». De nuevo, la fraseología dejó la puerta abierta a las maniobras. El libro de Co­pérnico desapareció del índice cuatro años más tarde, en 1620, cuan­do se eliminaron algunas expresiones. La Iglesia se inclinaba a ser razonable. Galíleo no. Nadie le había atacado de manera abierta -su nombre se había ignorado con mucho tacto-; pero sus enemigos, pensó, se estarían felicitando e hizo el voto tácito de ser el último en reírse. En lugar de dar gracias a la Providencia por haber salido bien libra­do, regresó a Florencia -se había ido de Padua en 1611- y reflexio­nó colérico durante el septenio siguiente. Debió de urgirle el pen­samiento inconsciente del problema de la gravedad, porque dedicó mucho tiempo al estudio de una teoría sobre las mareas; pero no reconoció que la Luna las causaba, persuadido de que las originaba la rotación de la Tierra. Escribió un libro acerbo y malhumorado, titulado II Saggiatore ( El ensayador [ de metales preciosos ] ), en que arremetió entre otros contra Tycho Brahe. Lo dedicó al Papa recien­temente entronizado, Urbano VIII, el Maffeo Barbcrini que había tratado de mediar en su favor en 1616. Galileo, viéndole ocupar el solio pontificio, se convenció de que habían concluido sus quebrade­ros de cabeza. Cuando estuvo en Roma, Urbano VIII se mostró tan amable como Galileo había esperado, le entregó regalos costosos y concedió una pensión a su hijo. No obstante, se negó a ceder un ápice en lo concerniente al sistema copernicano. Podía enseñarse como hipótesis, no como hecho comprobado. Y si se proponía escri­bir un libro sobre ella, había de decirlo así. Galíleo se resignó a re­gañadientes y volvió a Florencia. Malgastó los cinco años siguientes en componer una obra sobre su equivocada teoría de las mareas. En enero de 1630 remató su Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo e inevitablemente, por ser como era, rompió la promesa que había hecho al Papa. El Diálogo es una apología del sistema de Copérnico.

El sumo pontífice no estaba enterado de ello. Meses antes de que el escrito se concluyera, concedió una afable audiencia a Galileo y repitió que no se oponía a un libro sobre la concepción copernicana, siempre y cuando se presentase como una teoría, no como algo pro­bado. El sabio accedió y, a su debido tiempo, sometió la obra al censor principal, el padre Riccardi, quien debía conceder el imprimatur. El buen sacerdote lo consideró muy superior a su inteligencia y lo pasó a su auxiliar. Advirtieron, por lo visto, que no era tan «hi­potético» como debiera y efectuaron algunos retoques. En el fondo, el autor tenía amistad con el Papa, que aprobaba el escrito al pare­cer. Por lo tanto, después de aconsejarse con otros clérigos cultos, permitió que se imprimiera. Estuvo en manos del público en febre­ro de 1632.

Entonces, Urbano VIII lo leyó y se encrespó. No se trataba de simple desobediencia; aquello era un desafío descarado. Galileo no sólo había pasado por alto la indicación del pontífice, sino que había aprovechado ciertas sugerencias suyas y las había puesto en boca de un personaje, llamado Simplicio, al que presentaba obviamente como majadero.

Galileo había interpretado mal a su amigo Urbano VIII, a pesar de sus cualidades -poseía inteligencia, vitalidad y encanto sobresa­lientes-, fue también «hombre que tiene razón». Jacob Bronowski le retrata con agudeza en su Ascenso humano: «Poseía mentalidad segura de sí misma e impaciente: ‘Sé más que todos los cardenales juntos…’, dijo con aire imperioso. En realidad, fue barroco puro: dado al nepotismo, despilfarrador, extravagante, dominante, impa­ciente en sus propósitos y cerrado por completo a las ideas ajenas. Llegó incluso a ordenar que mataran los pájaros de los jardines vati­canos porque le molestaban.» Una persona de su fuste no permi­tiría que se burlaran de él. Confiscaron el libro y la Inquisición llamó a Galileo a Roma.

Su juicio suele presentarse como la ordalía de un científico idea­lista caído en el poder de un tropel de fanáticos sádicos. Ya hemos visto que esta imagen puede considerarse una inversión de la verdad. No se juzgó a Galileo porque creyera en Copérnico; ni siquiera se le encausó por divulgar su creencia. Le enjuiciaron por falta de hon­radez, fraude y ruptura de lo pactado. Y si hubiera redactado la acu­sación, el Papa hubiera añadido sin duda: y por ingratitud, puesto que había tratado al reo con amistad, confianza y respeto fuera de lo común. No hubo intimidación ni amenaza. Se le había pedido el favor de que no turbase a la Iglesia promoviendo un conflicto, y se había comprometido a hacerlo. Cuanto se le pidió fue que declarase con claridad que la teoría copernicana no era sino eso, una teoría, y no algo patente, conclusivo. ( Aun hoy, en que ya se ha demostrado, muchos se refieren todavía a ella como la «hipótesis» de Copérnico.) Tal era la verdad, pues Galileo no pudo probar sus afirmaciones. Ha­bía una laguna, que Newton se encargaría de colmar con el concepto de la gravedad; pero el acusado propendía demasiado a llamarse a engaño para confesarlo.

Había calculado con astucia que saldría bien librado cuando se tratara de castigar su deshonestidad. Y no se equivocó. El Papa, a pesar de su ira, poco podía hacer. La quema de herejes era casi inaudita en Italia; incluso Giordano Bruno se hubiera librado de la pira con sólo reconocer el extravío de sus opiniones. Quemar -o en­carcelar- a un científico de la categoría de Galileo habría expuesto a la Iglesia a la reprobación de todos los humanistas, tanto católicos como protestantes y musulmanes.

Galileo compareció ante los inquisidores el 12 de abril de 1633. Apenas pudo alegar algo en su favor. Reconoció que, en 1616, había recibido la instrucción de no sostener ni enseñar las doctrinas de Copérnico, y asimismo que no había solicitado licencia para escribir el libro que rompió aquella prohibición. Confesó que, al solicitar el imprimatur, había silenciado el compromiso. Era, pues, un caso de desobediencia evidente, y la Inquisición tenía motivos sobrados para condenarle a prisión. Pero el tribunal no quería mostrarse riguroso y no se reunió de nuevo. Se dijo a Galileo que debía retractarse de su aserción de que el Sol ocupaba el centro del universo, y se retrac­tó. Quiere la leyenda que agregó para su sayo: «E pur si muove» (« Y, no obstante, se mueve »). El propio Galileo fue, casi segura­mente, el promotor de la fábula. Como había esperado, salió con bien del aprieto.
Tras la retractación, se le permitió volver a su casa. El Papa, al ver que había sido más listo que él, expresó su enojo condenándole a arresto domiciliario y a no escribir más. No importó. Galileo se retiró a su finca campestre y continuó como si tal cosa: azuzó a sus enemigos y redactó la obra titulada Las dos ciencias nuevas.

Al provocar conflicto tan innecesario, Galileo hizo un flaco favor a la Iglesia y la ciencia. El Papa no quiso chocar de frente con los humanistas; pero, así que Galileo arrojó el guante, no estuvo dispuesto a retroceder. La tradición científica se paró en seco en Italia y la iniciativa correspondió a las naciones septentrionales. El enjuiciamiento de Galileo colocó a la Iglesia en posición muy falsa, como si defendiera la superstición y el embotamiento mental frente a la libertad de investigación. Antes no hubo «contienda entre la ciencia y la teología». Fue Galileo quien provocó las hostilidades.

Nos hallamos también en situación de comprender lo que supuso en el fondo lo sucedido. Galileo partió de un hachazo en dos la mente bicameral. Kepler, cuya contribución a la astronomía fue mucho más importante que la suya, era « unificacionista » por naturaleza. Concibió el universo exactamente del mismo modo que los antiguos egipcios: que lazos invisibles unían al hombre con las estrellas. La Iglesia estaba de acuerdo con él. Galileo, portándose como agent provocateur, forzó a la ciencia a adoptar un « objetivismo » rígido, o sea, el materialismo.

Ya hemos presentado la paradoja básica del « bicameralismo ». Los egipcios se equivocaron al pensar que la Tierra era el centro del cosmos; pero su creencia surgió de su percepción de que había un vínculo entre el mundo, el globo terráqueo y los planetas. Los grie­gos rechazaron la « teoría copernicana » de Aristarco no sólo porque los aterró, sino también porque intentaron aferrarse a idéntica per­cepción intuitiva. La raza humana necesitaba tiempo, y dispuso de mucho al llegar la Edad Oscura. A despecho de la Contrarreforma, la Iglesia hizo gala de considerable sentido común al ajustarse a las nuevas teorías científicas. Incluso los historiadores más anticlerica­les no se oponen a reconocer que, sin Galileo, la Iglesia hubiera acep­tado a Copérnico a fines del siglo XVII. El momento de un compro­miso pacífico había pasado tras el proceso de Galileo. Tuvo que aceptar el papel de enemiga de la ciencia y lo representó -en zoo­logía, geología y biología- durante los doscientos cincuenta años si­guientes. La ruptura dividió a los seres humanos inteligentes en dos bandos: los religiosos, que continuaron creyendo que, en lo básico, el hombre era aún el centro del universo; y los científicos, que de­clararon que era un insecto habitante en un planeta de segundo ran­go, perteneciente a un sistema solar de tercera categoría, en una galaxia de cuarto orden.

Acerca del libro de Colin Wilson

El libro es una joya de la historia científica, sus protagonistas y la filosofía que la alumbra; cuando cayó en mis manos no pude detenerme al leerlo, de cabo a rabo. A todo el que le interesen estos temas de la ciencia, mi recomendación más fervorosa. Borges se preguntaba qué hacía de un libro un clásico; si no me equivoco, el tiempo dirá que este lo es, en su rubro.

Acerca del autor de Buscadores de estrellas

Colin Wilson

Colin Henry Wilson ( Leicester, 26 de junio de 1931 − Cornualles, 5 de diciembre de 2013) fue un filósofo y escritor británico.

Nacido y educado en Leicester, Reino Unido, dejó los estudios a los 16 años. Trabajó en fábricas y varias ocupaciones y leía en su tiempo libre. Cuando tenía 24 años, publicó The Outsider (1956), que examina el papel del “proscrito” social en varias obras literarias y figuras culturales, donde examina a Albert Camus, Jean-Paul Sartre, Ernest Hemingway, Hermann Hesse, Fiódor Dostoyevski, William James, Thomas Edward Lawrence, Vaslav Nijinsky y Vincent van Gogh, y donde Wilson discute su percepción de la alienación social en su obra. El libro fue un éxito de ventas y ayudó a popularizar el existencialismo en Gran Bretaña. Sin embargo, el elogio de la crítica fue breve. Colin Wilson se convirtió en uno de los Jóvenes Iracundos de la literatura británica. Contribuyó a Declaration, una antología de manifiestos escritos por escritores existencialistas, con Protest: The Beat Generation and the Angry Young Men. Wilson y sus amigos Bill Hopkins y Stuart Holroyd, fueron un subgrupo más interesados en los “valores religiosos” que en la política liberal o socialista. Los críticos de la izquierda pronto los consideraron fascistas; el comentarista Kenneth Allsop los llamó “los jueces”.

 

Mi reconocimiento de argentino a este inglés que antepuso la verdad ante todo, como pretendo también hacerlo. Cuando a Michael Faraday le preguntaron si se podía hacer armas químicas respondió: por supuesto que sí, pero no cuenten conmigo. ¡ Eso es ser un científico !

 

Fuentes: Buscadores de estrellas, título original Starseekers (1980) de Colin Wilson , Wikipedia, minube.com/rincon/tumba-de-galileo-galilei-a746891, answers.yahoo.com

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