Monseñor Joseph de Lany recibe un mensaje que según cada articulista, y cada traductor, lo transcriben así:
“Reverendo doctor Lany: mi esposa y yo hemos sido victimas de un atentado en Sarajevo. Ante la muerte inminente que nos espera, le rogamos que rece por nuestras almas”, ó:

“Su eminencia querido doctor Lany: mi esposa y yo hemos sido víctimas de un crimen político en Sarajevo. Nos encomendamos a sus oraciones. Sarajevo, 28 de junio de 1914 a las cuatro de la tarde”

Pero este mensaje lo recibe en un sueño, 26 días antes que los remitentes, el heredero del trono austrohúngaro, el archiduque Francisco Fernando y su esposa, fueran asesinados en su coche. Este magnicidio fue excusa para desencadenar la llamada Primera Guerra Mundial.

Este escueto e inquietante mensaje era enviado por el archiduque austrohúngaro Francisco Fernando de Habsburgo el 27 de junio de 1914 al que era considerado su tutor eclesiástico, monseñor Joseph de Lany. Aunque no puede precisarse la localización exacta de la diócesis de este obispo, ni dónde se encontraba él mismo la noche antes del atentado, las numerosas citas que existen sobre este reverendo lo sitúan en un país de los entonces considerados balcánicos (Serbia, Bosnia-Herzegovina y República de Montenegro).

Francisco Fernando de Austria

Francisco Fernando de Austria

Víctor Sueiro lo cuenta así ( lo nombra Joseph de Lenyi en vez de Joseph de Lany, tal vez por la oscuridad mencionada anteriormente ):

“… hay un hecho, una profecía, que anunciaba con espantosa claridad el crimen que fue el detonante de la primera gran guerra. Y su protagonista es un obispo.

A principios del siglo XX, Austria y Hungría se habían unido formando un mismo imperio cuya máxima autoridad era Francisco José I. Pero esto no era preci­amente una buena noticia para muchos. Una apreciable cantidad de austríacos no estaban de acuerdo con aquello y buscaban unirse a Serbia. Así se llegó, en un duro clima que auguraba un estallido en cualquier momento, hasta el año 1914. Es entonces cuando el obispo de Grossvarden, monseñor Joseph de Lenyi, tiene un sueño sumamente extraño. En él ve en su escritorio un sobre blanco con bordes negros, luctuosos, y con el sello del Archiduque. En aquel sueño, el obispo ve también al Archiduque y su esposa viajando en un vehículo por una calle repleta de gente que los rodea. De pronto, siempre en el sueño, un hombre se separa de la multitud y dispara su arma sobre la pareja imperial, matándolos. Monseñor de Lenyi sigue soñando -con esa continuidad aparentemente disparatada que tiene lo onírico- que abre el sobre del principio, el de los bordes de luto, y lee una esquela en la cual el Archiduque le comunica que ha sido víctima de un atentado, que ha muerto y que se encomienda a sus oraciones. Es en ese instante cuando el obispo despierta sobresaltado, presa de una razonable angustia por lo que acaba de soñar. Era la madrugada del 2 de junio de 1914. El hombre de la Iglesia, agitado y con la frente perlada de sudor frío, no logra volver a dormir. En las primeras horas de la mañana está rezando en sus habitaciones cuando entran en el lugar su madre y una mujer del servicio. El obispo de Lenyi les cuenta su sueño y ellas intentan tranquilizarlo, lo que no les resulta nada fácil ya que el hombre había quedado muy impresionado no sólo por aquellas imágenes oníricas sino por la nitidez con que las percibió, como si fuera un testigo más de aquel hecho. Y no se equivocaba. El 28 de junio de 1914, veintiséis días después de aquella pesadilla, otra se repite en la realidad con los mismos protagonistas: el archiduque Francisco Fernando y su esposa se desplazaban lentamente en un vehículo por Sarajevo, rodeados de custodios y de una multitud. De ella emergió quien disparó a quemarropa sobre la pareja, matando a ambos. Era un joven nacionalista serbio, Gavrilo Princip, de 19 años, el que descargó su arma sobre el heredero del trono y su esposa. Fue la chispa que encendió el volcán. El imperio austro-húngaro envió un ultimátum a Serbia, cuyo gobierno pretendió conciliar con la excusa de que el asesino era un terrorista de las milicias de su país que no estaban bajo control del Estado. No bastó, porque había dudas al respecto. El 28 de julio el emperador Francisco José 1 le declaró la guerra a Serbia. Unos días después, el 1º de agosto de 1914, comenzaba la Primera Guerra Mundial al formarse entre las naciones dos bandos claramente enfrentados. En ese conflicto bélico que duró cuatro años murieron ocho millones de soldados y doce millones de civiles, con una terrible secuela de hambre y enfermedades que siguió sumando víctimas durante mucho tiempo, aún después de haberse firmado la paz.

El obispo Joseph de Lenyi debe haber llorado desde el alma por el fatal cumplimiento de aquel sueño profético.”

La Primera Guerra Mundial se zanjó con el Tratado de Versalles que sumió a Alemania en la miseria y en el medio de ese descalabro surgió un loco como Hitler que incendió Europa; sus víctimas a su vez se creyeron con derecho a ser nazis también, y es probable que todo esto desemboque en la Tercera Guerra Mundial. Como decía Ghandi, un cuasicristiano: “ojo por ojo y el mundo quedará ciego”. Casualmente, una de las consecuencias de las bombas atómicas es dejar ciego a quien ve las explosiones ( de lejos, pues de cerca quedaría incinerado ).

Para los positivistas estaríamos condenados entonces a nuestro destino, sellado en Sarajevo hace más de un siglo. Para los creyentes, tenemos la promesa que según nuestro comportamiento, podríamos evitar esto, individual e incluso colectivamente. ¡ Dios así lo quiera !

 

Fuentes: narcosismagica.wordpress.com, Más Allá Monográfico 19-8-2014 por Tomás E. Ruíz pressreader.com, Wikipedia, Las profecías de Víctor Sueiro